Hay un acuerdo generalizado en que el valor del nuevo gobierno de don Sánchez se asienta en la solvencia de sus ministras. La acción del tiempo matizará esta ponderación pero por ahora constituyen una imagen compacta y confiable en la que el único peso pluma es don Huerta, el ministro de cultura, deporte y tuiter, si hemos de fijarnos en su más notoria querencia. A veces parece que ha sido elegido para que dé la nota y tenga a la opinión pública distraída; al fin, es más parecido a un influencer que a un ministro, según los cánones clásicos. Ahora nos tendrá entretenidos a cuenta de cierto incidente de fraude fiscal en los tiempos en que formaba parte de la elite televisiva. El caso es algo más que una distracción pasajera porque responde a la explícita promesa que hizo don Sánchez de destituir a quien incurriera en esa forma de fraude.
En las democracias anglosajonas, por lo que vemos en las pelis, los partidos disponen de unos gabinetes inquisitoriales que escrutan todos los detalles del pasado de los candidatos a los cargos públicos, a fin de que los patinazos y trampas que de ordinario quedan en el ámbito privado cuando son peatones de la historia no sean un obstáculo cuando se suban a la carroza. Aquí no hay nada parecido. El jefe que ha de elegir al gobierno echa mano de su agenda personal y, sin más criterio que su intuición y gusto, llama a este y a aquella en la seguridad de que el noventa por ciento de los convocados aceptará la propuesta. Vivimos en una cultura más providencial que democrática, de apariciones de la virgen y premios gordos de la lotería, así que, ¿por qué no habría de aparecérseme la virgen?, ¿por qué no habría de ser yo ministro?, ¿por qué no habría de tocarme el gordo? De momento, don Huerta ya ha anunciado que no va a dimitir, como si alguien esperase otra cosa, porque, alega, no tiene ningún problema moral. Sería el primer defraudador de hacienda que lo tiene.
El pasado fiscal del neoministro ha dado lugar a la enésima exploración de su cuenta de tuiter donde este usuario lenguaraz revela cierta obsesión por el fisco y reprueba en innumerables ocasiones a los trileros fiscales que, en su visión del mundo, están encarnados en los clubes de fútbol. Así que va a ir cargado de razón moral, para decirlo en su jerga, cuando se siente en la mesa con esa hidra de mil cabezas que es el mundo de balompié, donde, por cierto, una cabeza ha dado una dentellada a otra y ha dejado sin seleccionador a la roja cuando iba a saltar el césped del mundial, y ha creado así algo parecido a una crisis de estado. En resumen, el gobierno empieza a tomar tierra, en todos los sentidos.
P.S. Apenas tres horas después de haber publicado esta entrada, el ministro maculado ha sido obligado a dimitir. Dos novedades y otra que no lo es se desprenden de la noticia. La primera es la profundidad y extensión de los delitos fiscales, que hace pensar si podrá encontrarse un justo en el lodazal económico que es el país. La segunda novedad es la celeridad con que se ha resuelto la crisis. Nada que ver con la necrosis en la que el anterior gobierno dejaba embalsados los casos de corrupción que le afectaban directamente. Lo que no es novedad es que el dimisionario eche la culpa a los otros de su circunstancia. Hace falta un rostro de cemento para decir que dimite para que la jauría [sic] no rompa el proyecto ilusionante de Sánchez. ¿Forma parte del proyecto ilusionante engañar a quien te ha nombrado ministro y llamar perros a los ciudadanos? Vaya menda. Otro más.