En la abigarrada fauna política, hay especímenes atractivos y otros deleznables, unos cuantos intrigantes, algunos dignos de respeto y unos pocos acreedores de cierta admiración, y ninguno que merezca un entusiasmo sostenido, pero solo hay uno que produzca en el ciudadano, devenido telespectador pasivo, esa mezcla desasosegante de temor y rechazo inmediato capaz de movilizar todas las energías disponibles y todas las coaliciones imaginables para mantenerlo alejado del foro público. Ese tipo es don Aznar. Las coloraciones de los políticos cambian al albur de las circunstancias y en ellos se da de manera más obvia que en el resto de la especie humana el desgaste de los materiales del carácter, pero el superhéroe parece hecho de algún mineral muy, muy escaso en este planeta. Es verdad que juguetea con su apariencia facial, que si el bigotito, que si la melenita, una cualidad mutante que también poseen los héroes de tebeo, pero estos cambios cosméticos dejan intacto lo esencial de su metálica personalidad y no alteran la percepción que de él tienen sus aterrorizados convecinos. El mismo aire sombrío, el mismo discurso agorero, la misma mirada desafiante y punitiva y, a la postre, la misma cara de cemento.
Ayer, el pequeño milhombres debió considerar que el caos que reinaba en la ciudad ofrecía las condiciones para que él asomara la cresta y se postulara por enésima vez para dirigir el cotarro. Aprovechó la presentación de un libro escrito por un subalterno para, con pocas y medidas palabras que parecían contener toda la toxicidad letal de la que es capaz el lenguaje, amenazarnos a todos, pero en especial a los suyos, con las tinieblas eternas si no le sacaban bajo palio de la covachuela donde hiberna. Ahí queda eso. Lo asombroso es que no apareciera de entre el público una voz que le dijese, usted es bobo, señor Aznar, pues hasta los césares de la antigua Roma se hacían acompañar por un esclavo para que les recordara que eran humanos.
El superhéroe es el responsable histórico del modelo productivo predatorio y especulativo que alimentó la corrupción y la crisis económica; el jefe de gobierno que nos llevó a una guerra en nombre de una mentira deliberada y estimuló que engordara otra mentira sobre la autoría del mayor atentado terrorista sufrido por su país; el patrón de un patulea de ministros encausados por los tribunales en diversos sumarios de corrupción, y es, por último pero no en último lugar, el responsable del nombramiento de quien habría de sucederle y que ha llevado a su partido y al país a la situación en la que están. Y para que no falte ni siquiera un toque folclórico en el currículo, es el padrino de la más famosa boda que recuerdan los tiempos en la que confluyeron la estética escurialense de la España negra y la corleonesca de las modernas mafias. Ningún país comete un error o un pecado tan grave que merezca ser redimido por este personaje, y por si hiciera falta subrayarlo con un toque de color, ahí estaba doña Aguirre dando palmas a su ex jefe, el hada aciaga que consintió que los príncipes que la rodeaban se convirtieran en ranas, y su reino en una charca pestilente.
Imposible describir mejor al endriago supremo.