El ayuntamiento ha puesto en marcha una iniciativa cultural insólita y de gran calado, al menos para quienes nos proponemos disfrutarla: un ciclo de veinte películas de Ingmar Bergman en pantalla grande, restauradas en formato digital. Una maravilla. Cuando la actualidad está envuelta en polvo y humo, y la creatividad no consigue salir de la repetición, la parodia o la mera extravagancia, ser convocado a la misa mayor de la cultura es un regalo. La sala de proyección está llena de público bien entrado en edad al que no le traiciona el instinto.  El séptimo sello. Las imágenes que impactaron en la confusión de la adolescencia vuelven cargadas de sabiduría y belleza. Para el cinéfilo es un retorno a las horas felices en las que vida era más ancha y promisoria, y le reafirma en el deseo de que la eternidad sea un programa de unas pocas decenas de películas en sesión continua. El cine en una sala oscura es acaso el único arte que parece tener vida propia, ajena a quienes hicieron la película y quien la contempla. Pero es inevitable que las imágenes sostengan un diálogo con el espectador, que ha pasado a formar parte de la película.

La historia que se desliza en la pantalla es un retablillo medieval que contiene en germen los temas que más tarde desarrollará el realizador sueco en sus películas más maduras. No fue su primera película pero sí quizás la más icónica, como se dice ahora, y la que introdujo su obra, creo, en el público español de los sesenta, tal vez en una versión tijereteada por la censura. Aquella presentación de la época estuvo apadrinada por los jesuitas, un tal padre Staehlin (nunca supe su nombre de pila), miembro de la junta de censura del aparato franquista, que debió creer que el paso de Bergman por las salas españolas obligatoriamente catequizadas sería como el bautismo del luterano en el Jordán. En cierta entrevista, leída más adelante pero en todo caso décadas atrás respecto a este momento, Bergman se sorprendía de las presuntas afinidades que los católicos creían encontrar en su obra. El espectador se sacude estos recuerdos de un tiempo cenizo que malogran el goce de la película para atenerse a lo que ve, y vuelve a reconocer el estilo de Bergman, la hipnótica mezcla de fuerza y claridad de las imágenes, el doloroso contraste de luz y sombra de una insuperable fotografía en blanco y negro, la precisión del encuadre, el pulso narrativo, el sentido de lo dramático. El sentido de lo dramático… atrae otro recuerdo: la representación en Madrid de La señorita Julia, dirigida por Bergman e interpretada por Pernilla August. Una ovación sostenida durante largos minutos premió a los intérpretes, que se miraban perplejos sobre el escenario, conscientes de que ese público enfervorecido no sabía ni una palabra de sueco. Esnobismo, sin duda, pero, por lo que a este espectador respecta, también anhelo de vivir en otra lengua, en otro lugar, aunque fuera en el tenebroso laberinto de Strindberg y en la impenetrable lengua sueca.

Los rostros. Uno de los más reconocibles recursos estilísticos de Bergman: el rostro que habla de frente a la cámara, mirándonos a los ojos. Los intérpretes del cine de Bergman son inolvidables. El espectador se deja abatir por la evidencia de que ahora serán viejos o estarán muertos. De Max von Sydow, el joven y radiante caballero que juega al ajedrez con la muerte,  sabemos que aún no le ha derrotado porque nos viene acompañando en centenares de películas, algunas todavía en cartelera. Los demás, Gunnar Björnstrand, Bibi Andersson, Gunnel Lindblom, Nils Poppe, están vivos en la memoria  aunque solo los hemos visto en tres o cuatro películas hace décadas. La película les sobrevivirá, como sobrevivirá al espectador, y sin embargo el cruce de sus miradas en la oscuridad de la sala fue en su día y vuelve a ser hoy un microscópico fragmento de la eternidad, antes de que se abra el séptimo sello.