Café de media mañana con Ricardo. Un lector formidable, al que los libros estuvieron en un tris de echarle de su casa. El establecimiento está lleno de clientes, las más mujeres asomadas al pocillo de café con leche, que intercambian confidencias, ajenas a la gran pantalla adosada al muro, que prefiguró George Orwell en 1984. El gobierno se tambalea por una sentencia que pone negro sobre blanco la evidencia de que es una organización criminal pero nadie en el local parece alterado por este suceso, que no penetra en el borbor de las conversaciones. La política no parece el tema que sobrevuela las mesas. Un lugar común afirma que, en caso de una catástrofe planetaria, sobrevivirán los insectos. Pues bien, aquí estamos los insectos, café por medio, ensayando la supervivencia e intercambiando estrategias para hacerla efectiva. Los dos parroquianos parecen aquejados de cierta urgencia –un café rápido entre tareas-, a pesar de que ambos están jubilados. Pero, ¿es que hay alguien más urgido que un jubilado? Nunca como pasados los sesenta es más evidente que el tiempo es oro.

La conversación recorre la previsible agenda: repaso rápido a las cuitas de la existencia, las propias y las de los prójimos, salud y todo eso, salpimentada de algún cotilleo al que la edad ha limado las aristas, para desembocar en el tema que les es común: libros, autores, lecturas, opiniones de este o de aquel, sin demasiado orden ni concierto. Es la zona de confort donde la realidad y el deseo, la fábula y el documento conviven sin conflicto, y en esta deriva era inevitable que llegáramos a Philip Roth, fallecido dos días antes, y por el que sentimos una admiración universalmente compartida. Ricardo recuerda las memorias de la bailarina  y memorable actriz Claire Bloom, que fuera esposa de Roth, con el que tuvo una convivencia a la que cuadra el calificativo de desastrosa. ¿Qué mejor obituario para el escritor que leer las memorias de su viuda? Al fin, la viudez en alguna de sus formas es la primera herencia que dejamos los difuntos.

Roth hizo de la exploración del laberinto de su existencia la materia de su obra. Ningún novelista, entre los que conocemos y podemos recordar, cavó más hondo y con resultados más brillantes en el campo de minas que es la propia experiencia. Ninguno como él consiguió urdir con las cuitas de un urbanita corriente el tapiz de una época, de un país, de una clase. Absorbió todo lo que le rodeaba –las personas más próximas en primer lugar- para contrastarlo con su acerado sentido de la observación y la potencia de una pasión –sexual, en primer término-insaciable, y dejó de escribir cuando decayeron en él el interés y la potencia. De esta lucha con la escritura –el término es del propio Roth- brotaron algunas de las mejores novelas de la segunda mitad del pasado siglo, tras las cuales se puede intuir a un personaje desmesurado, dominante y temible, y en ocasiones vulnerable y depresivo. Las memorias de Bloom son entretenidas y valiosas  en su género; relata con claridad las circunstancias y estrategias de una mujer entregada a un triple empeño: defender los sentimientos por su pareja, el afecto y la dedicación a su hija y su profesión de actriz. Roth, a su vez, convirtió a Claire en material para sus ficciones, enfermera en sus episodios depresivos y frontón de su ira en las etapas maníacas, hasta hacerla objeto único de un odio que describe ante su psiquiatra con las mismas destartaladas y pueriles razones que sus lectores conocíamos por El lamento de Portnoy. Al fin, Bloom recibió una demanda de divorcio del escritor en la que este la acusaba de trato cruel e inhumano. Alrededor de nuestra mesa, las mujeres enfrascadas en sus conversaciones parecen tan felices, tan distendidas, tan resueltas, que diríase que son viudas preparando sus memorias.