Un nudo articulado de músculos, huesos y ligamentos de una adolescente, devenido fetiche erótico de un hombre maduro que convive con su reprimido deseo a través de una interminable peroración de sentimientos, reflexiones y ocurrencias destinada a seducir a la muchacha para que le permita tocar esa precisa parte de su cuerpo. La rodilla de Clara. Quién iba a decir a los encandilados espectadores de aquella deliciosa película de principios de los setenta que estábamos asistiendo a la evidencia de un delito de acoso sexual encriptado en un cuento moral. Un ministro inglés, orondo, sonrosado, blandito, acaba de dimitir de su cargo tras reconocer que había tocado la rodilla de una periodista durante una cena quince años atrás. Las biografías de los hombres de nuestra generación son una ficha policial jalonada de delitos y faltas por acoso, al menos en grado de tentativa. Un vergüenza cierta nos invade al recordar nuestra propia mano acercándose a aquella rodilla a la que no habías sido invitado, los labios a la boca que no te deseaba. El deseo como tortura, un mito nutriente de la imaginación masculina desde la literatura juglaresca hasta las últimas estribaciones del romanticismo, que aún forma parte de nuestra dieta sentimental, está llamado a la proscripción. Acabad de una vez con ese grotesco criminal donjuantenorio, ese ventajista que cada año por estas fechas nos visitaba en la tele en blanco y negro.
No hay ni un ápice de nostalgia por ese personaje literario ni por el machismo ambiental en el que medraba, solo sorpresa. No a todas las generaciones les es dado experimentar un ciclo completo de moral sexual, del top less al burka. Y como todo cambio moral, este también arrastra en su remolino a hipócritas y bribones. El ministro inglés de defensa ha explicado con cierta pompa su decisión dimisionaria: “en el pasado he caído por debajo de los altos estándares que requieren las fuerzas armadas que tengo el honor de representar”. No parece que tocar la rodilla de una chica bajo el mantel, por más grosero e inapropiado que sea, que lo es, esté por debajo de los estándares de lo que suele hacer un ejército tanto en tiempos de paz como de guerra. Eso no justifica el manoseo, pero tampoco hay que poner al regimiento por testigo sin caer en el ridículo. Las mujeres no se dejan atrapar en este renovado intento de cosificarlas en los manejos masculinos. Nos conocen demasiado bien. La periodista concernida por el kneegate ya ha declarado que no cree que su rodilla sea el verdadero motivo de la dimisión del ministro. Donde han leído con verdadera atención la noticia es en la sección vip del presidio de Soto del Real y el comentario ha sido unánime: estos ingleses dimiten por cualquier cosa.