¿Estamos ante un golpe de estado en España, como pregonan algunos arriscados? Es evidente que en relación a la tipología clásica de esta clase de acontecimientos de los que el país ha sido pródigo en el pasado, la respuesta es no. No hay ningún parecido entre la reunión de un grupo de conspiradores en un sótano a la luz de un quinqué, dispuestos a asaltar el palacio de gobierno y las sedes de telefónica y la tele pública, con esta sucesión de movimientos tectónicos que recorren las instituciones y los poderes del estado y parecen responder a la consigna confuciana de quién pueda hacer algo, que haga.

El objetivo del golpe (demos por supuesto que es tal, aunque sea como hipótesis) es don Sánchez en la presidencia del gobierno. Pero, ¿qué delitos ha cometido don Sánchez en el cargo para hacerse merecedor de tantos esfuerzos por derribarle? Pues varios. Sin ánimo de ser exhaustivo, 1) consiguió el poder por el anómalo y casi herético medio de una moción de censura, 2) transformó la arquitectura de su vetusto y leñoso partido apoyándose en la militancia de base para hacerse con la secretaría general, c) urdió una heterogénea mayoría de gobierno con grupos de proscritos y separatistas, d) desafió y desautorizó al poder judicial anulando los efectos de la sentencia del prusés con la amnistía a los condenados, e) dio la espalda a los representantes de la derecha en el parlamento, y f) por último pero no en último lugar, ha practicado una política exterior alejada de los aplacientes hábitos europeos y de la tradición española donde los primeros ministros no hablan inglés. Bajo su batuta, es la primera vez que España tiene una cierta singularidad internacional desde la pérdida de Cuba y a su inabarcable nómina de enemigos domésticos ha sumado al presidente de los Estados Unidos. Además, don Sánchez es alto, guapo, resuelto y un punto desafiante, lo cual excita sobremanera la cólera del español sentado.

En su periodo de gobierno han ocurrido, una pandemia planetaria, la erupción de un volcán, una riada con decenas de víctimas mortales, incendios forestales pavorosos, accidentes ferroviarios de consecuencias letales, un apagón que dejó al país a oscuras durante horas interminables y alguna otra desgracia que se nos olvida. Pues bien, para resumir el estado de la cuestión, de todo es culpable don Sánchez. La masa de descontento virada de odio hacia el presidente del gobierno se destila en altos despachos y se derrama hacia las capas intermedias de la sociedad y del estado (abogados, tertulianos y periodistas, funcionarios, empresarios, asociaciones civiles y militares, desafectos del propio partido y objetores de la política, damnificados  por esto y lo otro, influencers varios, etcétera) hasta empapar el ánimo del pueblo bajo, al que le queda el consuelo de proclamar que le gusta la fruta. Es un hecho atmosférico favorecido por la cultura de la queja que impregna este tiempo y puede decirse que la mitad del país, por decir lo menos, se levanta cada mañana para culpar a don Sánchez de algo si no de todo. En un tiempo de incertidumbre y camelo, en el que los astrofísicos tienen que bajar a la arena para refutar que la Tierra sea plana, el buen pueblo remedia sus temores y malestares designando a un culpable y qué más cómodo que parafrasear el famoso aforismo italiano, piove, governo ladro.

En este paisaje, ¿es parte de un golpe de estado el auto de investigación del juez Calama contra el expresidente don Zapatero? Objetivamente, sí, aunque el instrumento -el auto de imputación- sea técnica y profesionalmente impecable. En los golpes de estado de tercera generación no es necesario que el autor o cooperante se levante de la mesa de su despacho ni fuerce sus atribuciones ni renuncie a sus convicciones. El mecanismo viene dado. Uno de los rasgos de la época es la derivación de la política a la autoridad judicial. Tendremos que acostumbrarnos a que dirigentes de primer nivel se sienten en el banquillo más por lo que son que por lo que han hecho. La desconfianza hacia la política se traslada a los tribunales, que consecuentemente se politizan. De alguna manera, el último peldaño de la política es la corte de justicia -en cheli, ir p’alante– y algo hemos avanzado porque no hace tanto que la ultima ratio y sin tantas cautelas era el paredón de fusilamiento.

Gracias a dios, vivimos en una época garantista de los derechos civiles y la descarga de fusilería muta en un procedimiento moroso, zigzagueante, plagado de incógnitas y esperanzas, opiniones y réplicas, que ahora ha comenzado para don Zapatero y para sus prójimos personales y políticos. Los golpes de estado triunfan si cuentan con el apoyo de la población y de los brazos del estado, y ahora mismo la plaza donde se levanta el patíbulo está a reventar de tricoteuses esperando el gran momento. Por cierto, la plaza donde se erigió la guillotina en París se llamó de la Revolución y ahora es la plaza de la Concordia. Es el efecto sedante que tienen los golpes de estado restaurativos.