Los viejos viven, vivimos, en un tiempo estanco, no discursivo, marcado por unos pocos jalones que dormitan en la memoria y solo salen a la superficie por efecto de algún factor ajeno e inesperado. Ayer, el viejo que escribe estas líneas recordó el momento en que perdió la inocencia respecto a la política. Entonces era joven y acusaron de corrupción –cohecho, enriquecimiento ilícito, etcétera- al primer presidente democrático de esta remota provincia subpirenaica. La corrupción es un mal endémico de la moderna política española desde la Restauración en el último tercio del siglo XIX y está presente en todos los regímenes ensayados –monarquía, dictadura y república en todas sus variantes y matices-, como ha documentado el hispanista Paul Preston en Un pueblo traicionado (Debate, 2019).
Pero aquel joven no conocía entonces ese principio estructural de la política española y se preguntaba, aún se lo está preguntando, cómo era posible que aquel curita recién exclaustrado, trepado a la cúspide del pesoe regional, que tenía un magnífico sueldo como presidente del gobierno local y un futuro prometedor –era, en resumen, uno de los inmediatos beneficiarios de la santa transición– había decidido aceptar dádivas y aumentar su patrimonio inmobiliario a cambio de favorecer a intereses privados. El personaje fue condenado, purgó cárcel y ahora está olvidado, excepto para el viejo que volvió a recordarlo ante la noticia de la imputación a don Zapatero. El mismo efecto devastador en el ánimo, la misma dentellada a la esperanza.
Lo de zetapé pinta mal. Dinero público, comisiones, intermediarios, empresas fantasmas, cuentas opacas, el tinglado consabido. Si el rescate financiero a la aerolínea era legal y todas las empresas solicitantes recibieron ayudas, ¿para qué se necesita un conseguidor? Si este era necesario y cumplió con el objetivo asignado, quiere decir que los funcionarios encargados de gestionar los fondos de rescate –el decir, el gobierno- cometieron prevaricación, lo que han negado explícitamente estos funcionarios en sede parlamentaria del Senado. ¿Y para qué metieron en la operación a las hijas de Zapatero en tareas de marketing como si se tratara introducir en el mercado albaricoques cultivados en Indonesia o zapatos fabricados en Bulgaria? Y todo adobado con el lenguaje confianzudo y tabernario de uso entre los operarios de estas maniobras: necesitamos llegar a las ayudas (…) tocamos a Ábalos (…) sí, bro, nuestro pana Zapatero está detrás (…) vamos a follar aunque tengamos que pagar un poquitín, etcétera. Material literario de primera calidad para nutrir el argumentario de la oposición, que oiremos repetir a don Tellado y sus clones mil veces en las próximas semanas.
El juez sitúa a don Zapatero en la cúspide de la presunta trama delictiva, nada menos que organización criminal, lo que añade morbo a la historia. Pero aunque no fuera así y el aludido simplemente pasaba por allí de casualidad, el efecto ya está conseguido. Lo importante no es la inocencia o culpabilidad del imputado sino que ya está amarrado a la parrilla de la instrucción judicial durante meses, sometido a un juicio popular que en este caso no puede terminar sino en lapidación. Ahí es nada: el héroe moral del partido de don Sánchez, que se arremangaba para adentrarse en la ciénaga de la Venezuela chavista y rescatar a presos políticos como si fuera un fraile mercedario y resulta que se dedicaba al menudeo de comisiones. No importa, incluso, si sus servicios a la presunta trama hubieran sido gratis et amore.
Por primera vez, el viejo siente que el funambulista don Sánchez no llegará al otro extremo de la maroma. Don Zapatero le ofrecía un escudo político imponente, cuando una parte del viejo pesoe, con el intrigante don Felipe al frente, le ha retirado el apoyo y conspira para su derrota. Hay una moral de la economía y una moral de la política que íntimamente se repelen. La primera nace de una concepción patrimonial de la sociedad y su titular es la derecha, que representa a los poseedores. La moral política significa la esperanza de los desposeídos, que toleran mal el aprovechamiento del gobierno para negocios particulares, y la abstención es la respuesta. Nadie reprochará en las urnas a don Feijóo que pasara largas vacaciones con un narcotraficante, ni a doña Ayuso tener a varios familiares implicados en negocios irregulares, pero don Sánchez ya puede contar con un buen porcentaje de desafección por las corruptelas aparecidas en su entorno, aunque sean falsas o no estén probadas, como sabe bien el intrépido juez Peinado.
Los tres vejetes, socialdemócratas abatidos, asisten ante una taza de té a la tenue caída de la luz vespertina en el jardín de la dacha. Casandro, colérico ante la certeza de que se cumplen sus más tenaces presagios de que don Feijóo terminará siendo presidente del gobierno; Iacoppus, invocando el fin del mundo que arrastre a don Florentino Pérez, y el otro, el bloguero, intentando racionalizar en su magín los pensamientos que abruman a todos. Por fortuna, irrumpe en la conversación el cuerpo, esa entidad que nos envuelve y cada vez se muestra más indolente y hostil con nosotros: una incipiente artrosis en la cadera, una rodilla de titanio que no cesa de quejarse, alguien que se ha caído en el pasillo de casa y no se ha roto la crisma de milagro… La conversación se convierte en una suerte de amenidad terminal. Quizá no lleguemos a ver la caída de Sánchez, mientras nos dejamos acariciar por la placidez de la naturaleza. Un gato atraviesa el césped a sus asuntos sin apartar la mirada de los tres extraños. Un milano sobrevuela sus cabezas. Esta semana va a hacer buen tiempo. Hasta el viernes, que lloverá.