El amigo Iacoppus anuncia en el café de media mañana que va a leer Decadencia y caída del imperio romano de Gibbon. Es un gesto defensivo, del que levanta el brazo a la altura de la cara para parar el guantazo que cae sobre los habitantes de este tiempo incierto. El conocimiento frente a la barbarie; el libro frente a la garrota. También es un gesto vengativo: los viejos se complacen en creer que el imperio desaparecerá con ellos y será pronto, claro está, y aún les dará tiempo a ver la traca final. Un cenizo que comparte la tertulia ataja esta esperanza y recuerda que el imperio romano duró 1.476 años; el cenizo lo comprueba en su telefonillo, desde el 27 aC. hasta la toma de Constantinopla por los turcos en 1453 dC. En aquel periodo hubo muchos jubilados que tomaban café y soñaban con la caída del imperio como una posibilidad exultante; de este borbor mental surgían las repúblicas, tan efímeras.
El visitante de este rincón de ocurrencias ya habrá adivinado que la charla de los vejetes estaba provocada por la visita de míster Trump a su homólogo chino señor Xi en Pekín. Todo en el escenario y la liturgia del encuentro evoca imperios antiguos: paradas militares de gran marcialidad y colorido, ágapes solemnes y ceremoniosos, intercambio de regalos preciosos, paseos por jardines exquisitos y melancólicos en los que no extrañaría ver la aparición de la emperatriz Cixi o de Catalina la Grande, según el caso. El único anacronismo de estos cuadros lo ofrece la indumentaria actual, convencional y uniforme de los emperadores: traje de chaqueta azul marino y corbata monócroma. El efecto es el de un productor de cine que se hubiera colado en el plató donde se rueda un péplum sobre Alejandro Magno y el rey Darío o un biopic de Napoleón. Las figuras centrales de estos cuadros, ataviadas de oficinista pasado de moda, son republicanos, hijos y nietos de las revoluciones de los siglos XIX y XX a los que el tiempo caprichoso los ha sentado en la poltrona de los autócratas destronados, y caray, se sienten a gusto en el papel y llamados a ejercerlo.
Nadie hubiera dicho entonces que el fin de la historia, decretado a principios de los noventa para abrir paso a la globalización neoliberal fuera a terminar, apenas treinta años más tarde, en un arcilloso mapa de imperios enfrentados por la posesión de nuevos territorios: Ucrania es mía; Taiwan, mía; para mí Groenlandia y por ahí seguido. Diríase que la humanidad prefiere los imperios autocráticos a las repúblicas democráticas, y que estas últimas son por último delirios de resentidos y losers. Hasta la retrechera doña Ayuso, surgida del fondo del pueblo, quiere restaurar el imperio de Carlos I de España y V de Alemania con ayuda de la momia de Hernán Cortés y de su amigo Nacho Cano. Quizá esta querencia por el imperio tenga un origen neuronal en la fisiología humana; habrá que preguntárselo al señor Yuval Noah Harari, ciudadano de un país que quiere restaurar el legendario Israel bíblico por el procedimiento de eliminar a sus habitantes nativos. Gaza y Cisjordania son mías, y Líbano y Siria y todo lo que hay entre el Nilo y el Éufrates es mío. Pero volvamos a Pekín.
Míster Trump acude a estos encuentros con sus homólogos planetarios con una desventaja de fábrica. El país al que representa y en el que manda fue definido como república imperial (Raymond Aron, 1973; en castellano, 1976), lo que es un oxímoron y, si bien es indubitable que desde la independencia de las trece colonias norteamericanas a finales del XVIII el país no ha dejado de extender su influencia militar, económica y cultural en occidente, carece de ese molde de origen que sí tienen sus adversarios de China y Rusia, y el gusto del emperador de la cresta naranja por los oropeles decorativos en su despacho y residencia oficial y sus maneras brutales de zar tártaro en su ejecutoria no remedian esta carencia. Así que acude a estas citas en la cumbre del poder en una posición de inferioridad, como the apprentice, para decirlo con el título de su famoso programa de telerrealidad. Putin y Xi no le tienen miedo y no están obligados a hacerle concesiones para satisfacer su vanidad y su apetito de riqueza, como sí lo están los desconcertados europeos y sus menguados estados democráticos.
El encuentro con el señor Xi ha dejado clara la exigencia china de que Estados Unidos no ayude a Taiwan y no obstaculice el propósito imperial de Pekín, y no hay duda de que el emperador de la cresta naranja cumplirá este deseo. Igual que no obstaculizará la ambición de Rusia sobre Ucrania. Entretanto, ha conseguido de Dinamarca la concesión de nuevas bases en Groenlandia. El ogro ha aprovechado el ínterin de falta de gobierno en Dinamarca que se produce en los países democráticos tras las elecciones para avanzar en su objetivo. Es una debilidad que también el ogro padece y cuya prueba le espera el próximo mes de noviembre. Por eso, sus inspiradores intelectuales postulan la necesidad de abolir la democracia para recuperar fortaleza. En Rusia y China nunca hubo esa necesidad porque nunca hubo democracia pero, mira por dónde, en materia de reyes y emperadores autocráticos y en abolir democracias sí tenemos experiencia en Europa. Ya veremos en qué para esto y si para antes de que Iacoppus termine de leer a Edward Gibbon.