Cuando despertó, Irán todavía estaba allí. La paráfrasis del celebérrimo microrrelato de Augusto Monterroso cuadra bien a lo que puede ocurrir mañana cuando el sol ilumine el dormitorio del ogro de la cresta naranja. En este tétrico asunto el argumento discurre entre la fábula y la realidad y amenaza con que el delirio nos domine a todos. El dinosaurio de Monterroso es una entidad hipotética, una metáfora, y la civilización que míster Trump amenaza con destruir también lo es. Los dinosaurios desaparecieron cuando les tocó el turno y las civilizaciones no mueren a la orden de un sujeto por poderoso que se crea. La diferencia entre las dos historias es de talante; la primera la inventó un tipo bonancible, irónico y desarmado, la segunda es la ocurrencia de un sociópata narcisista, senil y armado hasta los dientes.

Dicen que el hombre es el único ser que tropieza dos veces en la misma piedra, y si el hombre es presidente de los Estados Unidos la piedra suele ser gigantesca y ostensible para todos excepto para el tipo destinado a estrellarse contra ella. La palabra civilización designa en el habla común a un pedrusco inconmensurable, que se presenta en forma de un periodo histórico o de una sociedad con la que no encontramos afinidad alguna. Es una palabra que aleja el significado de la cosa que se predica. Al utilizar este término, míster Trump revela que no entiende nada del régimen de los ayatolás que gobierna Irán, por más diezmado que esté ahora mismo. Sin embargo, tiene a mano un suceso que debería conocer bien porque no era un niño cuando ocurrió.

La implantación de la república islámica, que míster Trump llama civilización, tuvo lugar en abril de 1979 cuando la clerecía consiguió capitalizar la revolución popular que había expulsado al rey Mohamed Reza Palhavi en febrero. Esta catástrofe geoestratégica para los intereses de Washington se produjo en gran medida debido a la inopia del gobierno norteamericano, enfrascado en las necesidades de la guerra fría e incapaz de entender la potencia latente del islamismo chií en el país. Para la Casa Blanca, Irán era un baluarte contra la Unión Soviética. Esta perspectiva de circunstancias le impidió también comprender la extrema debilidad de la oposición liberal, es decir, occidentalizada, al régimen del sah y el profundo malestar de la sociedad ante la impotencia del régimen de los Palhavi para mejorar las condiciones de vida de la gente. Esta sociedad fracturada no tenía más cultura compartida que la religión, así que para la clerigalla  fue coser y cantar hacerse con el timón de la revolución, que, por cierto, también era anticomunista.

Expulsado el sah y su familia y fusilados algunos miles de sus seguidores, el nuevo gobierno teocrático necesitaba un enemigo exterior que galvanizara el ánimo popular ante las inevitables insuficiencias y errores que toda revolución trae consigo y Estados Unidos tenía todos los boletos para hacerse con el título, no solo porque era un adversario natural de los intereses nacionales iraníes desde el golpe de estado contra el presidente laico Mohammad Mosadegh en 1953 para satisfacer a las compañías petroleras angloamericanas sino porque representaba a una civilización contraria al islam. Los curas de todas las religiones son muy buenos en esto de identificar civilizaciones inspiradas por el demonio, como parece probarlo la ciencia infusa que recibió míster Trump de la imposición de manos de un puñado de pastores evangélicos en su despacho de la Casa Blanca. Así que la encendida retórica antiestadounidense fue el primer motor de la revolución islámica después de su implantación en abril, y en noviembre los estudiantes islámicos ocuparon la embajada norteamericana y mantuvieron secuestrados a 52 funcionarios durante 444 días para reclamar la extradición del sah que había obtenido asilo en Estados Unidos, no sin reticencias por las previsibles consecuencias.

Después de un año de secuestro, el presidente de entonces, Jimmy Carter, un tipo que fungía de pacifista, como Trump, envió una misión militar de rescate a la que se puso el estimulante nombre de Garra del Desierto, formada por tropas especiales de los tres ejércitos con apoyo de la CIA, que fue abortada cuando los operativos ya estaban en el teatro de operaciones en medio de un sinfín de problemas sobrevenidos -averías mecánicas, tormentas de arena y choques entre la aeronaves participantes- antes de que llegaran al objetivo. Esta garra del desierto, frustrada cuarenta y seis años atrás, parece el antecedente del rescate del aviador derribado en días pasados,  operación que, con el no menos pomposo nombre de Furia Épica y excepto por el hecho de que en este caso el rescate se ha producido (aunque no es lo mismo rescatar en un bosque a un militar entrenado y pertrechado que a medio centenar del civiles atrapados en alguna parte de una ciudad de diez millones de habitantes), el coste en términos materiales ha sido equivalente si no superior.  En último extremo, también un fracaso, como atestigua la ingente chatarra abandonada en el campo de batalla tras ambas operaciones.

El descrédito de aquella garra del desierto costó la presidencia a míster Carter y los rehenes fueron liberados el día que tomó posesión del cargo su sucesor Ronald Reagan. Aún se discute si este había negociado con los ayatolás los términos de esta liberación, sustanciada más tarde en los llamados acuerdos de Argel por los que Washington se comprometió a no intervenir ni política ni militarmente en asuntos internos de Irán, levantó las sanciones comerciales y descongeló los activos iraníes en bancos estadounidenses, y ambos firmantes se comprometieron a someter sus diferencias a un arbitraje internacional.

Es imposible que en la Casa Blanca no haya alguien que sepa de estos acuerdos, disponibles con todo detalle en la wiki. La primera virtud exigible a una civilización es que quienes dicen representarla no sean idiotas ni criminales, una premisa que míster Trump no parece haber comprendido.

Ah, pero todo era una pesadilla autoinducida de niño malcriado que ha cenado demasiada grasa y azúcares con el menú mcdonald. El dinosaurio sigue donde estaba, en el arcón de los juguetes con los muñequitos de Marvel.