Muere el filósofo Jürgen Habermas en el momento en que Alemania ha dejado de necesitarle. No fue quizá el filósofo europeo más notorio de la segunda mitad del siglo XX, pero sí puede decirse sin error que fue el filósofo normativo de Alemania en ese periodo y hasta ahora mismo. Muere en el momento en que las ideas que predicó dan señales de caducidad irreversible.
Para ser franco con los visitadores de este rincón de ocurrencias, el escribidor ha de advertir que solo ha leído uno de sus libros –Historia y crítica de la opinión pública-, dos veces, la segunda con lápiz y papel. El primer intento fue cuando estudiaba la carrera de periodismo; el segundo, algunos años después, interesado por la naturaleza de la opinión pública, esa noción vacía que es, o era, el objeto del periodismo hasta el advenimiento de internet y las redes sociales. En ambas ocasiones el provecho de la lectura fue inapreciable. Es verdad que el aludido es un lector de filosofía errático y más interesado en el lenguaje que en las ideas y desde esta perspectiva el lenguaje abstruso de Habermas, como el de sus precursores y maestros de la Escuela de Frankfurt, es insuperable: da sed.
Los pensadores de esta cuerda basaron sus reflexiones en el estado de la sociedad y aplicaron un racionalismo marxista muy alambicado para crear lo que se llamó la teoría crítica. Lo más relevante a efectos históricos es que rompieron con el idealismo alemán y la carga de romanticismo y metafísica que arrastraba y que a las alturas de los años cuarenta había alumbrado el desastre del nazismo. Habermas, nacido en 1929, pasó su infancia y primera juventud en este clima de catástrofe nacional y tenía además un rasgo corporal que lo situaba entre las víctimas de la opinión dominante. Sus maestros eran judíos y tuvieron de abandonar Alemania para salvar la vida pero él padecía labio leporino, lo que en una época de gritones exaltados le impedía hablar en público y lo convertía en presa del abuso de sus compañeros escolares en un entorno en el que hasta su propio padre era nazi.
En 1945, Alemania tenía que reinventarse sobre las ruinas y el joven filósofo, de adscripción socialdemócrata, se puso a la tarea. Es autor de dos nociones políticas de gran predicamento en su país pero de escaso eco en los de su entorno europeo: democracia deliberativa y patriotismo constitucional. La construcción nacional como fruto del diálogo entre grupos y fuerzas de ideologías e intereses distintos y la adhesión a la bandera como consecuencia del acatamiento al corpus legal que resulte de esta deliberación. España tuvo un momentum habermasiano en 1978, con la promulgación de la constitución vigente, y algunos políticos, sobre todo del pesoe, lo recuerdan a menudo, pero es difícil sostener esta abstracción en un país de lealtades plurales, que, al contrario de los alemanes, desconfía de la ley porque cree que es cosa de y para otros. Alemania tampoco tuvo en el pasado una monarquía parlamentaria como Reino Unido ni un momento revolucionario fundacional como Francia. Su patrimonio histórico era la lengua alemana, una administración pública modélica y el militarismo prusiano. La lengua propicia que haya filósofos tan refinados y admirados como Habermas; la eficiente administración pública facilita el consenso político, y en cuanto al militarismo, bueno, hay que embridarlo para que no conduzca al desastre.
El marco internacional en el que operaba la filosofía de Habermas se basaba en dos principios reparadores inalterables, que tenían un cierto carácter penitencial: el pacifismo de Alemania y la solidaridad incondicional con el estado de Israel. El primero era exigible a un país que había provocado la ruina de Europa en dos ocasiones durante la primera mitad del siglo XX, y la solidaridad con Israel era inexcusable después de Auschwitz. Ambos principios están en cuestión. La invasión de Ucrania ha roto el acuerdo de paz por energía con Rusia y va a conducir a un rearme del que el gobierno de Friedrich Merz ya ha dado noticia. En cuanto a la solidaridad con Israel, que Habermas ha defendido con todo su peso intelectual y moral mientras se masacraba a la población de Gaza, es sencillamente obscena y constituirá un baldón imborrable en la memoria del filósofo.
P.S. Empieza a ser una costumbre que la estatua de los grandes filósofos contemporáneos se vea manchada por alguna pifia de opinión o de conducta en los días de su acelerada vejez. Véase Noam Chomsky y sus relaciones amistosas con el depredador sexual y proxeneta de menores Jeffrey Epstein.
(La imagen que encabeza este comentario es de la agencia Efe).