Ha muerto Raúl del Pozo y a los obituarios oficiales se ha sumado una torrentera de comentarios que glosan con fruición sus andanzas, oídas y repetidas por sucesivas generaciones de colegas y otros prójimos que compartieron copas y leyendas con el finado, porque, además de periodista veterano y autor de novelas más o menos leídas, fue un tipo empático y cordial con quienes le rodeaban. Los buenos momentos tienen carrete para largo.

Doy fe de que el maestro era persona afable con los jóvenes que se incorporaban a la profesión a los que ilustraba con su experiencia y si era menester orientaba en el oficio. En este caso propició que este escribidor iniciara su carrera como columnista en La Codorniz. Entiéndase, no la conocida cabecera de Álvaro de Laiglesia sino una segunda versión que editaba el grupo Godó bajo la dirección de Carlos Luis Álvarez Cándido, que tenía a Ramoncín en nómina y que duró pocos meses en el mercado. El periodismo cambiaba a velocidad de vértigo en los remotos setenta pero la revista aún conservaba la apariencia de las viejas redacciones de mucho humo, whisky sobre la mesa y parloteo de veteranos que se las saben todas. Para el neófito esas pesetas ganadas por un manojo de ocurrencias, que el maestro corregía a veces para adaptarlas a la ortodoxia,  eran oro molido para el bolsillo y un chute para su autoestima, hasta que un día la joven promesa encontró la redacción vacía; un quídam con guardapolvo le entregó el sobre de la soldada, le rechazó la pieza que traía y le anunció sordamente que la revista había cerrado.

Maestro y discípulo se debieron encontrar en un establecimiento de hostelería, sin duda el café Gijón, porque la relación entrambos fue sobre todo nocturna y recreativa. Raúl del Pozo se había criado profesionalmente en el diario Pueblo, el periódico de los sindicatos verticales que dirigía Emilio Romero y en cuya redacción había una whiskería para relajo de los esforzados cronistas de la actualidad. En aquella época el periodismo tenía una relación simbiótica con la vida alegre y para los aspirantes al oficio era uno de sus atractivos. El área del encuentro de maestro y discípulo estaba perimetrada por el café Gijón, el inclasificable Oliver, el pub Santa Bárbara y la sucursal madrileña del barcelonés Boccaccio. En ese entorno (el Cock vendría más tarde) se celebraba la dolce vita de la feliz Transición. El neófito lo descubrió años después la similitud de su experiencia con la Via Veneto artificialmente recreada en la película de Federico Fellini, que también protagoniza un periodista.

Una noche, la fortuna propició el encuentro con Francisco Rabal, su esposa Asunción Balaguer y otras personas de las que el actor se despidió para sumarse a la marcha  de su amigo, que venía acompañado de dos jóvenes. A la primera copa, el imán del hombre atrajo a un cuarteto de chicas que se sumaron a la procesión formada por los dos veteranos y un par de pardillos cenicientos, este escribidor y su amigo letraherido Juan Gómez. La ronda terminó en casa de una de las chicas donde no ocurrió nada reseñable, excepto que se agotaron las reservas de alcohol, ni siquiera para al eximio periodista, que estuvo a punto de lograrlo pero sufrió un gatillazo en el momento clave, según confesaría a su discípulo más tarde. El sol acariciaba las calles de Madrid cuando la estrella de cine y el neófito dejaron la casa de las chicas para tomar café en un bar de la zona en el que Rabal exhortó con extrema calidez y simpatía a la camarera para que se sindicara en comisiones obreras y defendiera así sus derechos de trabajadora, y para subrayar la seriedad de su exhorto le mostró su propio carné sindical.

No todo era disipación en aquel oficio heroico. El maestro era por entonces comunista y entre copa y copa hizo partícipe a su discípulo de un proyecto grandioso: escribir la historia del partido comunista de España. El neófito registró tal subidón de autoestima que no reparó en que no podía leer los caracteres cirílicos y en consecuencia los archivos de Moscú le estaban vedados. En fin, pelillos a la mar. El proyecto, si puede llamarse así, tuvo un primero y único paso. A tal fin, mestro y discípulo comieron en un modesto restaurante –y hay que remontarse a los años setenta del pasado siglo para saber cuán modestos podían ser los restaurantes en el Madrid de la época- con Federico Melchor, director de Mundo Obrero, y Armando López Salinas, a la sazón responsable de la sección cultural del partido. Ambos prebostes conversaron sobre sus asuntos mientras los invitados, mudos, daban cuenta del arroz a la cubana y la rodaja de emperador sin que el objeto del encuentro apareciera en la conversación. Y eso fue todo aquel día. Luego, a su debido tiempo, el maestro encarriló por el camino correcto y devino amigo y confidente del rey emérito, tal era su naturaleza empática. A su turno, el discípulo volvió a sus orígenes en la remota provincia subpirenaica, donde los sueños están vetados. La relación del maestro y el discípulo se disolvió como había surgido.

En fin, amigo Raúl, tu muerte me ha conmovido porque solo vivimos una vez y las hilachas de tiempo que compartimos están en el lado amable de la existencia, lo que no es poca cosa. Ya sabes que la eternidad dura hasta que te olvida el último de tus amigos. Que la tuya sea larga.

(Foto tomada del boletín oficial de la Asociación de Prensa de Madrid).