Las sesiones senatoriales de media mañana, café y churros, son de agenda abierta, empiezan por cualquier tema y terminan en cualquier otro al albur de las ocurrencias de los contertulios sin que pueda exigirse hilo argumental ni lógica previsible. La coherencia no la da la materia de la charla sino el espacio físico y la edad compartidos. Alrededor de la asamblea reina el vacío y el olvido.
Un día los contertulios empiezan tratando del compost, materia cuya importancia se justifica porque uno de ellos es horticultor y experto en este asunto, de donde se sigue a los tomates y otros frutos de huerta menos específicos cuyas infinitas variedades están constreñidas por las exigencias de las grandes compañías del sector y siguiendo la cadena trófica, de la huerta al mercado, se destaca el exagerado precio de tomates y berenjenas para llegar a la mesa, punto en el que un contertulio glosa el deleite del último ágape de fin de semana y otro interrumpe para criticar las estériles fantasías de la cocina michelin y sus esferificaciones o como se llamen. La vida natural de este debate termina en la bolsa de residuos orgánicos y su destino en el contenedor urbano correspondiente. Aquí los contertulios se detienen, desorientados. El contenedor se abre con una tarjeta magnética que provee el servicio municipal de basuras, pero ¿qué datos personales del usuario almacena esa tarjeta?
La deliberación, que ha discurrido atropellada pero unánime y casi festiva, como una carrera de galgos tras la liebre mecánica, llega a una divisoria de caminos. ¿Por qué ha de utilizarse una tarjeta magnética como trámite previo al levantamiento, a pulso, de la cubierta del contenedor? Los racionalistas habituales, los conocidos progres, no tienen respuesta. Los conspiranoicos sí saben que la tarjeta, como las otras que usamos de continuo en las rutinas cotidianas, es para chupar nuestros datos y despojarnos de nuestra intimidad, aunque no llegan a aventurar qué puede hacer el ayuntamiento o quien sea con ese conocimiento. ¿Qué a tal vecino le gusta más el pollo que el lenguado?, ¿qué tal otro no sabe que las latas de conserva no van al contenedor de orgánico porque es analfabeto o libertario?
Estas preguntas son el síntoma de la disonancia cognitiva que atraviesa la sociedad como una falla tectónica y separa a quienes se niegan a abandonar la racionalidad que les ha sido inculcada de quienes aceptan sin reticencias cualquier oferta explicativa que les llegue de cualquier parte. Los primeros no entienden lo que pasa, los segundos creen saberlo ciegamente. Vivimos en una realidad dual pero reconocerlo no nos libra de la sorpresa y el desconcierto que supone experimentarlo.
El dramaturgo Eugène Ionesco expresó este estupor con una potente metáfora en una de sus obras más célebres –Rinoceronte (1960)-, en la que el espectador asiste a la progresiva transformación de los personajes en estos paquidermos, y, como ocurre ahora entre nosotros, la incredulidad inicial deriva en aceptación de la nueva normalidad. Los rinocerontes se vindican como una fuerza prístina de la naturaleza y en consecuencia colonizan el ecosistema y al hacerlo lo transforman para que sirva a sus necesidades. Si sospechamos que la tarjeta del contenedor de residuos sirve para que el poder municipal nos espíe, la única respuesta lógica además de instintiva es embestir contra el contenedor y destruirlo, como haría un rinoceronte. Aplíquese el caso del contenedor a otras realidades menos anecdóticas como la inmigración, el cambio climático o la salud pública y tendremos una explicación del comportamiento del trumpismo y sus variantes.
Ionesco llevó a los escenarios lo que se conoció en su época como el teatro del absurdo y que básicamente consiste en la desconexión del lenguaje y la realidad. Los personajes de este autor, típicos de las clases medias francesas y europeas en general, viven envueltos en una cháchara declamatoria, plagada de tópicos, frases hechas y chistes malos que ponen en evidencia el sinsentido de la sociedad y de sus hábitos y creencias. Este es el tono del primer acto de Rinoceronte, que preludia la irrupción paulatina de la barbarie.
¿En qué momento se desechó la necesidad de un discurso político racional compartido, inclusivo, que atendiera a las necesidades reales de la sociedad? ¿Qué relación de proximidad hay entre la afirmación de Margaret Thatcher –la sociedad no existe, existen hombres y mujeres individuales, y existen las familias– y el gesto de Donald Trump disfrazado de rey de la baraja y defecando sobre los ciudadanos de su país?
(La cantante calva (1950) es la obra más famosa y característica de Ionesco y viene representándose sin interrupción en el teatro de La Huchette de París desde hace 68 años. Los personajes y su lenguaje son de plena actualidad.)