Don Trump espera a don Putin a pie de la escalerilla del avión en el aeropuerto de Budapest para sellar el fin de la guerra de Ucrania. Nadie sabe cuándo aterrizará el autócrata ruso o si acudirá siquiera a la cita. Es el capítulo inicial de una novela centroeuropea: una situación incierta que aboca al absurdo. Un boceto de Kafka que el  autor praguense desechó porque le parecía demasiado costumbrista. Las buenas novelas narran historias bizarras y excepcionales y la rutina es su peor enemigo. Don Trump ha caído en su propia rutina.

El carácter humano destila en cada sujeto patrones de conducta que son inamovibles e intransferibles. Lo primero porque  no cambian en circunstancias distintas y lo segundo porque son inimitables para otras personas. La psicología conductual y los jugadores de póker se benefician de este hecho aplicado a situaciones de conflicto y de juego competitivo porque, si conocen al adversario, pueden prever sus movimientos y adivinar sus bazas.

Don Trump ve el mundo como un solar para la especulación inmobiliaria y para erigir monumentos al promotor de la obra, es decir, a sí mismo. Lo que pretende en sus operaciones de pacificación no es devolver la concordia y el bienestar de los pacificados sino cobrar dividendos y rentas del acuerdo, ya sean en efectivo o en suelo para levantar complejos inmobiliarios o mineros. Edificios de lujo y minerales raros, ahí está el futuro. La amenaza está en su caja de herramientas pero sabe que un exceso de violencia puede arruinar los negocios. Esta percepción es la que ha llevado al precario pero muy publicitado alto el fuego en Gaza. Fue el bombardeo israelí sobre la capital de Qatar, un socio político y económico de don Trump, lo que determinó el forzado acuerdo.

El modus operandi  de don Trump requiere que sus interlocutores estén en una situación de debilidad, proclives a las cesiones. En Gaza, los palestinos estaban al borde de la extinción física y don Netanyahu necesita la guerra para sortear algunas cuentas pendientes  que le reclama la justicia de su país. Ahora puede seguir matando gazatíes en dosis homeopáticas, como así viene haciendo estos días, para eludir sus problemas con la justicia, y los palestinos siguen donde estaban, a tiro de drones y snipers. El arreglo ha conservado la correlación de fuerzas que dio lugar al conflicto hace ochenta años y ciega cualquier esperanza de supervivencia nacional para los palestinos. La novedad de la situación radica en la presencia fantasmal, exagerada, guiñolesca, de don Trump en el escenario.

En el desolado aeropuerto de Budapest las cosas no son tan fáciles, a pesar de las aparentes similitudes de los dos procesos. En Ucrania, como en Gaza, los defensores de la causa justa están con el agua al cuello amenazados y castigados por un ogro que pretende engullirlos. Así que don Trump ha seguido su manual, a saber, convencer al débil de que tiene todo perdido para inducirle a acabar con su resistencia y halagar el buen hacer del fuerte para aplacarlo en su empeño. Pero aquí hay una importante diferencia de escala. Ni don Zelenski es tan débil como para rendirse ni don Putin depende de la ayuda militar y diplomática norteamericana.

Don Putin también tiene un proyecto planetario –restaurar el imperio ruso- y en sus circunstancias es más fácil llegar a zar desde un puesto subalterno en la policía secreta porque el procedimiento está acreditado por la tradición del país desde la época de Iván el Terrible.  A su turno, don Trump no sabe cómo convertirse en dictador, aunque lo intenta, porque no hay precedentes en su cultura política. Quizá, con suerte, podrá llegar a replicar la fundación del país mediante la confluencia de intereses de una oligarquía de plutócratas varones, blancos y esclavistas. En 1776 fueron grandes terratenientes de los estados atlánticos; ahora serían los prebostes tecnolibertarios del área del Pacífico, también varones, blancos y esclavistas. Lo que distinguiría a ambas élites sería el declive de los abogados sustituidos por el auge de los ingenieros. Menos derechos, más eficacia, es el lema de la nueva oligarquía dominante.

Entretanto llega este momento, don Trump y don Putin se celebran a sí mismos convertidos de payasos siniestros ataviados de acuerdo con sus propias tradiciones. El primero con su gorra de béisbol, la hamburguesa entre los dientes y haciendo aspavientos en su despacho oficial de la Casa Blanca, convertido en un bar de frontera lleno de amigotes que le ríen las gracias; el segundo, hierático, gélido, sombrío, solitario en las vastas estancias e interminables corredores del Kremlin,  flanqueado por una guardia de uniforme decimonónico que le rinde honores con el sable desenvainado y erecto. Y en esas estamos, marcha atrás.