12 de octubre. Domingo de otoño benigno en la remota ciudad subpirenaica. Una pequeña multitud de vecinos y visitantes ocupa las calles del casco antiguo: hay un mercadillo de productos de la tierra, un par de exposiciones culturales de cierto postín, alguna atracción musical en esa bocacalle y sobre todo el irresistible imán de los pintxos en las terrazas al sol de octubre. En el cogollo de este hormiguero alegre y distraído, justo en la plaza consistorial, una docena de jóvenes se envuelve en una pancarta y profieren gritos en vascuence y agitan ikurriñas y banderas palestinas. Los paseantes sortean al grupo con aparente indiferencia. La barrera del idioma y la estridencia de las consignas les impide enterarse que los jóvenes airados protestan contra una confitería.
El suceso, como todos, tiene antecedentes. Días atrás, este establecimiento, que vende turrón, frutos secos y miel, fue atacado con huevos, como si los atacantes quisieran sumarse a la receta culinaria. Hasta febrero pasado el local era sede de la sombrerería Gutiérrez, que echó el cierre después de casi dos siglos de servicio a las cabezas de vecinos y vecinas. En este tiempo Gutiérrez fue testigo del declive imparable de la boina vasca a favor de otros tocados, pero nunca fue atacado por exhibir en el escaparate gorras de béisbol, chapkas rusas, pamelas mediterráneas, sombreros stetson y quizá cucuruchos de bruja en jalogüín. La furia vino cuando ocupó el local una franquicia de alimentación titulada Sabor a España. El rótulo tiene una resonancia añeja, rancia, como muchos de los nuevos establecimientos de hostelería y alimentación, que si el panadero de tal, la mandarra de cual, los pucheros de la abuela y todo eso, pero tampoco está muy currado porque los productos a la venta, además de ser de disfrute universal, fueron popularizados como exquisiteces por los moros antes de ser expulsados de la Península a principios del siglo XVII. Claro que no es cosa de rotular un comercio de alimentación como Sabor a Arabia teniendo a don Abascal vigilando el patio. En resumen, lo que no soportan estos talibanes abertzales es el sabor a españa, lo que quiera que sea eso, y, como el perro de Paulov, reaccionan al estímulo cognitivo de manera consabida. A grito pelado.
Mismo día, misma hora, cuatrocientos y pico kilómetros al sur. Centro de Madrid, capital del Reino. Desfile militar de la fiesta nacional o de la cabra, por el elemento bélico más conspicuo de entre los que desfilan, de nombre Baraka. Las autoridades van llegando y ocupan con aire circunspecto los lugares asignados en las tribunas y, como cada año, una pequeña multitud de patriotas agita banderitas rojigualdas e insulta al presidente del gobierno. El experimento de Paulov opera sin distinción de clases y naciones. Aquí están esos burgueses bienestantes, encantados de haberse conocido, vociferando sobre quién puede y quién no ocupar la tribuna del mismo modo que los mozalbetes de la remota provincia quieren decidir quién puede o no vender turrones en la plaza consistorial.
Este año, sin embargo, se ha producido una novedad absoluta en las rutinas del régimen del 78. El jefe del fascio español, tercera fuerza política en el parlamento, no ha encontrado otro modo de mostrar su desprecio hacia el sistema democrático que ausentarse del desfile conmemorativo, que preside el jefe del estado, para encontrarse con sus partidarios unos metros más allá. Por la tarde, eso sí, rindió homenaje a la fiesta nacional acudiendo a la plaza de las Ventas donde el matador Morante de la Puebla le brindó la muerte del último toro de su carrera, antes de salir a hombros por la puerta grande. España en todo su esplendor.