¿En qué momento se empezó a resquebrajar la cohesión de las sociedades democráticas de Europa y Estados Unidos y, consecuentemente, la derecha conservadora inició su deriva hacia el fascismo sin que los liberales y la izquierda lo advirtieran?
Convengamos en que la catástrofe se inició durante el periodo de gobierno de Reagan en Estados Unidos (1981-1989) y de Thatcher (1979-1990) en Reino Unido. El primero reforzó al conservadurismo clásico, anterior al consenso colaborativo instaurado después de la segunda guerra mundial, y apretó las tuercas a la Unión Soviética en vez de tenderle una mano cuando ya estaba en proceso de descomposición. Thatcher, más fiera si cabe, asaltó la fortaleza conservadora defendida por rancios aristócratas y terratenientes, e impuso su criterio mesocrático de hija de tenderos negando a la clase obrera y en general a los pobres y oprimidos el derecho a la existencia. La iglesia católica también hizo lo que pudo bajo el báculo del papa Wojtyla, resuelto a restaurar los principios más reaccionarios erosionados desde el concilio vaticano segundo.
La plebe detuvo esta ofensiva reaccionaria en un episodio de rebeldía típico de estos casos, que siempre encuentran eco en el bolsillo. Protestaron contra el poll tax (1989 y 1990), el impuesto de capitación impulsado por Thatcher que debían pagar en la misma cuantía ricos y pobres, derogando así una legislación fiscal que discernía las diferencias de propiedad y rentas desde el siglo XVI. Se cuenta que fue el propio chófer de la primera ministra el que le hizo ver que él debería pagar la misma tasa que la reina de Inglaterra para subvenir los gastos comunales. La protesta acabó con la carrera política de Thatcher pero el mundo ya había cambiado.
1990 fue el año en que se decretó el fin de la historia. El argumento era impecable desde la lógica hegeliana. Derruida la Unión Soviética desaparecía uno de los polos de la dialéctica que movía la historia (ya saben: tesis/antítesis/síntesis) y, desaparecido el continuum histórico la humanidad ingresó en un tiempo estático, sin futuro, gobernado por los mercados. Los mercados operan al día, al instante, con resultados de suma cero y vuelta a empezar y los que no participan en el mercado son despojados también de la esperanza. Es lo que les está ocurriendo a los palestinos, pero ya llegaremos a este punto; entretanto, volvamos a los noventa.
El súper liderazgo de Reagan, Thatcher y Wojtyla tuvo como efecto una ristra de sucesores en los respectivos cargos –presidentes, primeros ministros y papas- mediocres e intercambiables, y ya fueran conservadores o progresistas, cada uno con sus tics, ninguno ha conseguido sacar al buen pueblo del cráter sin fondo al que fue conducido en los noventa. La primera virtud del liderazgo es la capacidad de arrastrar a la comunidad hacia un objetivo compartido, deseable y claro, pero en los últimos treinta y pico años nadie ha conseguido sacarnos de la charca en la que chapoteamos alegremente. El resultado es obvio: la decadencia y la inanidad de los países de Europa y Estados Unidos donde se realizó el experimento. Rusia ha echado marcha atrás para volver al imperio zarista y China, que en los noventa era una oportunidad, se ha convertido en una potencia y solo nos falta declararle la guerra para cagarla por completo. Los palestinos, a su turno, viven hoy peor que en los noventa sin que pueda decirse que sus opresores israelíes vivan mejor.
Fue en los noventa cuando la izquierda entró en un estado de confusión e inopia correlativo a la deriva fascistoide de la derecha. A los grandes Reagan y Thatcher les sustituyó un par de anodinos candidatos de su cuerda -Bush sénior y John Major, respectivamente- que dieron paso a dos socialdemócratas de nuevo cuño y gran vitola, guapos, simpáticos y prometedores -Bill Clinton y Tony Blair-, enamorados de sí mismos y de la exuberancia de los mercados que se habían adueñado de la realidad y a los que estaban rendidos: Es la economía, estúpido. En términos históricos su paso por el puente de mando fue insignificante y esta misma insignificancia es atribuible a quienes les sucedieron, ya fueran conservadores o progresistas, hasta hoy. Sin salir del Reino Unido, la nómina incluye payasos (Boris Johnson) y pasmarotes (Keir Starmer) por citar a los más notorios. El final de esta historia es que aquellos reformadores impotentes de izquierda o derecha terminaron sirviendo a los intereses del capital crecientemente fascista. Y así se cierra la órbita del discurso y volvemos a Gaza.
El británico Tony Blair es sin duda el más conspicuo representante de esta izquierda que navega con auténtico placer en el mundo del dinero, que predica buenos sentimientos sin perder de vista el estado de la cuenta corriente y que en esta fase de su biografía aconseja a míster Trump para Oriente Medio. Habría que preguntarse qué autoridad especial le hace a míster Blair experto en esa zona del mundo que no sean algunas nociones heredadas de la época del imperio británico o quizá sus negocios con las petromonarquías del Golfo. Sea como fuere ha diseñado un plan para Gaza del gusto del emperador de la cresta naranja, lo que ya es por definición inquietante. Veamos.
El plan consiste en establecer un gobierno de transición en la franja de Gaza que ponga fin a la guerra y que posteriormente ceda la gestión del enclave a la Autoridad Palestina. Establecer en un territorio devastado y con su población exterminada o cautiva significa imponer y para eso hace falta una fuerza militar que no puede ser más que israelí. Este gobierno se crearía mediante una resolución de las Naciones Unidas con el nombre de Autoridad Internacional de Transición de Gaza (que no falte un nombre chulo) y tendría una junta directiva (atención al sesgo autoritario) de entre siete y diez personas con fuerte representación de miembros musulmanes (¿estamos ante una guerra de religión?) incluyendo al menos un representante palestino cualificado (uno de diez en su propio país y cualificado al gusto de sus examinadores). El presidente sería nombrado por consenso internacional (¿mediante votación ponderada de los países miembros de la ONU según las poblaciones que representan?) y la Autoridad Palestina tendría que someterse a una profunda reforma antes de controlar la franja, lo que, según el mismo plan, podría durar años. Y don Felipe González, otro de aquella quinta, apostilla: si Hamás no quiere que maten a niños y mujeres, ¿por que no sueltan a los rehenes israelíes? Y los dos cobran, uno por sus asesorías y el otro por sus ocurrencias.
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