Una anécdota, no sabemos si apócrifa, de Oskar Kokoschka cuenta que el gran pintor expresionista (1886-1980) vivió atribulado porque habiendo coincidido con Hitler en el examen de ingreso en la escuela de artes y oficios de Viena, él fue admitido y el otro, rechazado. En este cuentecillo Kokoschka se torturaba pensando que, de haber sido al revés, la humanidad se hubiera librado de la mayor tragedia del siglo veinte. Lo cierto es que el destino de ambos define bien la deriva histórica de Europa del pasado siglo, que ya da indicios de querer repetirse. El artista fue uno de los altos exponentes del arte europeo (degenerado, lo llamaron los nazis cuando estuvieron en el poder) y el político fue responsable  de la performance de las pilas de cadáveres perfectamente reales de Bergen-Belsen.

La obra del primero quedó como objeto de admiración cultural en los museos y signo de estatus económico entre las élites de las llamadas democracias liberales de la postguerra mientras la obra del segundo quedó proscrita y sepultada en la memoria. En una de sus últimas películas, titulada en el original Carnage (carnicería), Roman Polanski utiliza un catálogo del pintor austríaco como lanzadera del guion que cuenta un estúpido y por último trágico enfrentamiento entre dos parejas de clase media post moderna.  Polanski tiene muy buen ojo para detectar las fisuras de la sociedad civilizada.

La política y la representación son artes gemelas. El artista y el demagogo tienen en común su condición de inadaptados. La cuestión es ¿qué mecanismos históricos hacen que el primero sea presentado como excelso representante de lo más hermoso de la naturaleza humana y el segundo sea expulsado a la sentina de la historia? Ítem más: ¿qué circunstancias permiten que se abra la escotilla de la sentina inundando de mierda el escenario, como predica el trumpista Steve Bannon?, ¿qué hace que los refinados y exquisitos admiradores de Kokoschka se asombren, titubeen, y terminen diciéndose que, bueno, Hitler quizá no fue tan malo?

Esta divagación bajo el sol de agosto quiere llevar al paciente lector hasta la figura de don Santiago Abascal, que muy probablemente no sabe quién es Kokoschka y tiene una idea solo aproximada y para nada hostil de quien fue Hitler. Sin embargo, comparte con ambos la condición de inadaptado y la ambición de encaramarse sobre el común. Don Abascal gusta de presentarse en público montado a caballo, con gorrilla campera y maneras de terrateniente ocioso, que recorre el paisaje español como si fuera de su propiedad. ¿Qué clase de atractivo popular puede tener esta imagen después de Los santos inocentes de Delibes/Camus? Pues bien, don Abascal es el jefe de filas de la tercera fuerza política en España, y en ascenso hasta el punto de tener acongojada a la derecha de la toda vida a la que no cesa de succionar votos.

Don Abascal es un gandul indocumentado, crecido políticamente en el famoso criadero de ranas de doña Esperanza Aguirre y en busca de oportunidades de medro excitando el instinto asesino de los españoles, y en este verano ha creído ver ocasiones de cosecha, primero en Torrepacheco y más recientemente en Jumilla. Este último episodio fue provocado por su partido, con éxito relativo, y don Abascal lo ha utilizado para sentar doctrina proponiendo extender el rechazo a la minoría agredida por el consistorio jumillano con la prohibición del uso del velo en lugares públicos.

Vale la pena detenerse en la debilidad conceptual de los argumentos abascalescos, que no son tanto para llevar a la razón cuando para excitar la sinrazón, un estado mental que favorece la acción criminal. La agresión de Jumilla fue justificada en nombre de las costumbres españolas. Nada hay más frágil y volandero que las costumbres y en nombre de ellas también podría argüirse que el monarca que más tiempo ha gobernado este territorio que ahora llamamos España, durante cincuenta años, fue el moro Abderramán III. Y podría replicarse a la virreina de Madrid, doña Ayuso, que ha hecho suya la murga voxiana, recordándole que la ciudad que gobierna fue fundada por el emir Muhammad, quien le puso el nombre de Mayrit, abundancia de ríos, en árabe, lo que indica que hasta los árabes pueden equivocarse. Pero el descenso a estas cuestiones de detalle, que pueden ser recreativas, son inútiles para el caso porque cuando los fascistas hablan de términos como costumbre, identidad, destino, etcétera, se refieren a un vacío conceptual que, precisamente por ser vacío, esperan llenarlo con la fuerza. Todos los países que han apelado o apelan a la identidad y la costumbre nacional terminan convertidos en regímenes militarizados, autoritarios y agresores: Franco, Hitler, Mussolini, y ahora mismo, Putin, Netanyahu y Trump. Don Abascal sueña con ellos cuando cabalga sobre su jaca jacarandosa por la reseca dehesa.

La prohibición del velo islámico en lugares públicos obliga a fijarse en la vastedad del término, donde la gente vive la mayor parte de su tiempo, en el trabajo, en el recreo, en el comercio, en las obligaciones civiles, en las actividades lúdicas. Esta necia y brutal propuesta de don Abascal tiene como fin invisibilizar a quien no se quiere tener como vecina, conciudadana o compañera. Pero se hace en un momento en el que la clásica distinción burguesa entre lo público y lo privado es muy frágil  porque la privacidad tiene una proyección pública a través de las redes sociales y el tinglado mediático, que constituyen una apelación constante a destruir la barrera que separa los dos espacios. Incluso físicamente, como experimentó el neofascista italiano Mateo Salvini cuando con gran acompañamiento de medios comunicación llamó al interfono de la vivienda de un inmigrante tunecino para preguntarle si era un narcotraficante. Fue una provocación destinada a instalar en la conciencia de los espectadores la idea de que los inmigrantes magrebíes son narcotraficantes y que la respuesta es la violencia contra ellos. En esta situación, el interpelado está inerme. La búsqueda de una ocasión en la que se pueda imputar a un inmigrante un delito que movilice a la población ha sido la actividad del partido de don Abascal este verano, y es que hace mucho calor. Arde la mezquita de Córdoba.