Ah, no sabía que tienes bigote, te sienta muy bien, exclama la dependienta de la panadería a la que el viejo acude diariamente desde tiempo inmemorial. El viejo siente una punzada de vergüenza, como si se hubiera hecho realidad esa fastidiosa pesadilla en la que se siente desnudo en la calle, sin que la desnudez sea explícita, ni siquiera anómala. En realidad, despojarse de la mascarilla ha sido un acto de osadía porque al franquear el portal de casa ha advertido que la inmensa mayoría del vecindario pulula por las aceras convenientemente enmascarado. Gente mayor, se dice, que no quiere poner en riesgo los cuatro días que le quedan de vida. He aquí un ejemplo empírico de la servidumbre voluntaria, que trajo de cabeza a Étienne de La Boétie en el siglo dieciséis.

La ley termina encarnándose en el carácter del individuo. Desembozarse es un gesto de desafío juvenil, quizá por eso lo ha hecho el viejo, o quizá porque su carácter se formó en una sociedad militarizada y su acatamiento de las leyes no necesariamente se deriva de su acuerdo con el gobierno, pero si este manda despojarse de la mascarilla él no es quién para rebelarse contra el decreto, que por lo demás no es imperativo. En ese momento, el viejo descubre que convive mal con la normativa laxa y blanda, garantista, según se dice, del sistema liberal y que en alguna zona de su conciencia cívica comparte el autoritarismo que ya impregna a la sociedad procedente de las clases altas y vehiculada, as usual, por los neofascistas.

Hoy debería ser un día histórico, si tal cosa existiera fuera de los libros de historia, pero la titubeante respuesta del demos al decreto gubernamental sobre las mascarillas revela que las guerras no terminan el día del armisticio. Todavía caen heridos y hay muertos, y miedo. Y podemos imaginar que también un recelo latente que eclosionará de la manera más impensable en un futuro próximo, quizá llevando al gobierno a los voxianos negacionistas. Más o menos, tendremos un indicador de la tendencia el próximo domingo, cuando se resuelva la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas. Pero es seguro que la memoria de la ofensa y de la venganza no se extingue nunca.

El viejo sale estimulado de la panadería, con el aderezo piloso sota la nariz -también pilosa, ay- obscenamente a la intemperie. Otro vecino, este con mascarilla, le saluda. El viejo advierte cuán vulnerable se ha vuelto. En la calle reina un riguroso protocolo para hacer compatibles los modos de la buena educación con los sentimientos íntimos. La mayoría de las personas con las que un viejo se cruza son pecios de pasado, figuras insignificantes cuando no ligeramente odiosas, y saludarlas con cortesía es un indicador de buena crianza, que no de buena voluntad. La mascarilla ayudaba a eludir esta obligación. Los enmascarados paseaban más libres bajo el embozo. Nadie conocía a nadie. La nueva normalidad, como acuñaron los cursis, nos devuelve la integridad del rostro y con ella la totalidad de nuestras servidumbres vecinales. Llegados a este punto, el viejo se permite dar un consejo a los lectores de esta bitácora, una fórmula de urbanidad que él mismo ha empezado a poner en práctica y que consiste en subrayar el saludo ritual al vecino con la expresión, me alegra verte de pie. La fórmula indica el reconocimiento de que la pandemia no le ha abatido, y saberse vivo siempre es agradable, aunque no te guste la cara que el desenmascaramiento ha puesto al descubierto.