Los sintagmas que se subrayan con el adjetivo nacional tienen un sentido intimidante, sin posibilidad de réplica porque más allá de lo que designan no hay nada y quien se sitúa fuera de su alcance es un náufrago que vaga en el vacío. El campo semántico de esta palabra es sobre todo un campo gravitatorio. Seguridad nacional, organización nacional, liga nacional, crisis nacional, revolución nacional y, ahora, prioridad nacional, el lema que tiene estos días revuelta a la clase política.
Lo curioso de este adjetivo es que diluye el significado del sustantivo al que acompaña. ¿Qué quiere decirse cuando se alude a la seguridad, organización, liga, crisis o revolución si estos sustantivos están embridados por el adjetivo nacional? Si se fijan bien, sustantivo y calificativo forman una noción que no puede ser empleada para designar nada concreto: es un latiguillo del poder que significa en cada caso lo que quiere el que lo usa, si tiene autoridad y fuerza para usarlo y sobre todo para imponerlo.
En el siglo XIX, la idea de nación sustituyó a la idea de dios como fundamento constitutivo del poder terrenal. El nacionalismo sustituyó a la religión. No es fácil inventarse un dios y una creencia sobrenatural, que por razones obvias debe tener un origen revelado y una carácter intemporal y universal; pero está a la mano de casi cualquiera inventarse una nación porque todos hemos nacido en alguna parte y en alguna circunstancia y basta con articular bien que mal un conjunto de rasgos compartidos por una población –lengua, historia, raza, costumbres, folclore- para decretar que esta es una nación.
La nación, como entidad constituyente de un colectivo, tiene dos ventajas sobre la religión y el derecho divino como fundamento del poder. En primer término, su genealogía se inventa a partir de hechos históricos reconocibles, aunque sean legendarios, y su constitución se debe a individuos concretos, lo que la hace más democrática y manejable que una teocracia o una monarquía absoluta. Y en segundo lugar, contiene en su argamasa a la pluralidad natural de todas las sociedades limando y neutralizando las tensiones grupales y la lucha de clases. Tiene, sin embargo, dos contraindicaciones que se manifiestan en momentos de crisis: se basan en un consenso que está en perpetua cuestión y tiene que ser revisado y renovado constantemente, y, en último extremo, propende al autoritarismo.
En un escenario siempre incierto de sociedad abierta y de mercados inabarcables, como en el que estamos, lo nacional es el freno de mano para captar a los grupos sociales que se sienten perdedores de la situación, generalmente clases altas que temen perder sus privilegios y clases medias que se sienten insuficientemente recompensadas en relación con sus expectativas. Esta situación explica las correosas mayorías pepé + vox que vienen ganando las elecciones regionales. Los dos sumandos de la coalición reaccionaria proceden de la misma cuna pero han seguido trayectorias divergentes que necesitan juntar de nuevo para dar fundamento a sus pactos de gobierno. El pepé no quiere perder el marbete liberal a la vez que vox necesita imponer su sello neofascista.
En esta situación, los voxianos han sacado de la chistera la prioridad nacional. Es un lema rancio, que reproduce el America First de los trumpistas y más atrás en el tiempo el Deutschland über alles de los movimientos völkisch de la extrema derecha alemana que tendieron la alfombra sobre la que llegó Hitler al poder. La alfombra a través de la cual doña María Guardiola (¡qué muchacha más inepta!) ha alcanzado la presidencia de Extremadura. No es gran cosa pero es un síntoma. Los voxianos han llevado al congreso de los diputados el trofeo de esta logomaquia y el pepé, su socio en Extremadura y Aragón, ha votado en contra, después de que el proponente no admitiera sus enrevesadas enmiendas sobre el arraigo como sustitutivo de lo nacional, etcétera.
Lo nacional no admite enmiendas porque quiere denotar un valor absoluto, inapelable, sin distingos ni matices. La cuestión es a quiénes engloba, ¿quiénes son nacionales? No hay nación que se sostenga si no establece antes quiénes no son nacionales: una nación necesita enemigos para reconocerse a sí misma. Durante la dictadura de Franco, la mitad o más de los españoles no eran nacionales pero hace falta una fuerza política y militar incontestable para imponer un criterio tan ambicioso. Los voxianos han empezado más modestamente por designar a los inmigrantes como enemigos y hasta que llegue el momento de gasearlos o devolverlos al mar, o en su defecto a campos de concentración en terceros países, se puede empezar negándoles los servicios sanitarios y sociales que necesitan; el procedimiento se ha probado con éxito en muchos países en el pasado. El racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia son sentimientos pasivos y más compartidos de lo que se cree porque revelan un espontáneo rechazo al que es distinto. La cuestión es en qué momento este sentimiento pasivo y oculto a la luz pública se convierte en una fuerza política operativa. Los voxianos lo están intentando y ya han conseguido alguna victoria táctica. Así empezaron los desastres que sufrieron nuestros padres y abuelos y cuyos efectos aún están entre nosotros.