Aguja de marear es un término arcaico y de significado equívoco pues aquí marear no es ir dando tumbos sino lo contrario, atravesar mares y océanos con la proa fija en un puerto de tierra firme donde la humanidad encuentra cobijo y se siente segura y reconocida. La flotilla de Gaza ha resultado la aguja magnética que indica el rumbo en este tiempo mareante. A despecho de las prolijas opiniones – mezcla de pereza y cinismo-  que la calificaban de turismo político, ha resultado un éxito completo en sus propios términos. Tripulaciones y viajeros de la flotilla han demostrado que Gaza es nuestra vecina, está a unas pocas millas de navegación y lo que allí ocurre nos concierne como si ocurriera en nuestro patio de vecindad.

El último y quizá inesperado éxito de esta iniciativa ha sido la visita del ministro de seguridad de Israel a la cárcel donde han confinado a los más de cuatrocientos activistas apresados para insultarles llamándoles terroristas. Terrorismo y terrorista es la navaja suiza del lenguaje político de este tiempo y sirve para cortar, punzar, serrar, hurgar y raspar en cualquier conflicto, e incluso escarbar los restos de la presa que han quedado entre los dientes del predador. Los visitantes de este rincón de ocurrencias disculparán que al escribidor la visita del ministro israelí le haya recordado a cuando el falangista don Ernesto Giménez Caballero se erigía sobre un cajón a modo de plinto para predicar en parecidos términos amenazadores a los cautivos republicanos confinados en un campo de concentración. Los judíos israelíes imitan a los verdugos nazis de sus ancestros hasta en los más pequeños detalles.

Pero el verdadero éxito de la flotilla ha sido las movilizaciones masivas a favor de Palestina en España e Italia, donde se ha declarado una huelga general. Hay en estas iniciativas, además de la lógica llamada al humanitarismo, un  mensaje sobre la sensibilidad de las poblaciones meridionales hacia su propia seguridad ahora que está en debate la seguridad europea y la opinión dominante en las instituciones comunitarias se inclina hacia Ucrania y el este. En Gaza se está jugando la estabilidad de la cuenca mediterránea y quienes mejor deben saberlo son los países árabes de la orilla meridional. Otra pincelada histórica: los países de la Europa del sur, España, Italia, Grecia, registraron en el pasado siglo un antisemitismo más leve, aunque no menos criminal en el fondo, que en países como Alemania o Francia ahora volcados hacia Israel. Ahora mismo, estos dos países están bloqueados, indecisos; son los enfermos de Europa.

Otro éxito de la flotilla, este doméstico pero no menos significativo, es que ha dejado a doña Ayuso sola envuelta en su locura. De alguna manera, la virreina de Madrid se las arregla para parecer que haría lo mismo que Netanyahu si tuviera la oportunidad. Pero ¿quién iba a decir a esta lideresa retrechera que su programa turbotrumpista se estrellaría contra un genocidio en un lugar del que probablemente no sabía nada cuando inició su escalada a los cielos?

La idea de gobierno que comparten míster Trump y doña Ayuso es un lugar donde se crean las condiciones para que una parte de los estratos altos de la sociedad ganen la suficiente pasta para acallar a los descontentos de la parte baja. En este proceso, él y ella cuidan celosamente del crecimiento de su propio patrimonio particular, y en esta perspectiva debe entenderse el plan de paz de míster Trump para Palestina. Lo que está en juego es el resort turístico ambicionado por el promotor inmobiliario que preside el imperio de occidente y alrededor de este núcleo se ha creado un envoltorio en el que los palestinos deben aceptar una vez más su condición subalterna en la construcción de su propio destino para que al final de un proceso de tiempo indeterminado ejerzan, si el tiempo y la autoridad competente lo permiten, el derecho a la autodeterminación. El jefe de los genocidas ya ha anunciado que este último paso no se dará nunca.

La única condición perentoria del plan, sin cuyo cumplimiento no se dará ni un paso, es que la organización jamás, como se pronuncia por aquí, entregue sus armas y a los rehenes que aún tiene en su poder. Al parecer, ya han tomado una decisión. Las armas han demostrado que no sirven para proteger a su pueblo y los rehenes no tienen valor de cambio. Es difícil imaginar cómo será el futuro de Palestina sin armas y lo que sucede en Cisjordania no ofrece ninguna esperanza, pero es seguro que no será peor que el presente.

Mi generación lleva a Palestina en el corazón, la sufre como una mala herida. Por eso hemos descubierto que uno puede tener razón y sin embargo ser derrotado, que la fuerza puede subyugar al espíritu, que hay veces en que la valentía no tiene recompensa. Estas palabras parafraseadas las escribió Albert Camus en 1946 dedicadas a la memoria de la España republicana.