Amaba tanto a su país y estaba tan deseosa de servir a sus paisanos que escalaba puestos en el servicio público arrastrando tras de sí sus titulaciones escolares como estela de un cometa. Era tan feliz en su empeño como una novia que se dirige a la luna de miel ajena al estrépito que produce la ristra de latas vacías que la realidad ha atado al parachoques trasero de su biografía.
La niña Noelia se había inventado acreditaciones académicas a porrillo y con este bagaje y una indomeñable voluntad de poder había trepado a sus juveniles treinta y tres años hasta un escaño en el congreso y una vicesecretaría en el partido de don Feijóo como responsable de movilización y reto digital. Si a este binomio de responsabilidades políticas y técnicas le añadimos la práctica de bulos, fake news y demás desmanes contra la verdad en los que niña Noelia se ha mostrado tan diestra, tenemos un panorama muy aproximado a lo que es la política actual: gente adoctrinada y movilizada mediante trolas que discurren a través de las redes sociales y arriban a los dispositivos móviles.
Así que podemos imaginar el desconsuelo de la niña Noelia apeada del juego al que juegan todos. Se debe estar preguntando por qué ha tumbado su carrera un falso título universitario y su jefe es invulnerable a las radiaciones de una fotografía íntima con un narcotraficante. En el último destello de inocencia y bravura ante el pelotón de fusilamiento niña Noelia ha gritado la consigna que la acredita como un auténtico cruzado de la causa: no soy como Sánchez. En el cielo del pepé recordarán esta manifestación de patriotismo en tan apurada circunstancia y quién sabe si no la premiarán en el futuro. La vida es muy larga y promisoria para una emprendedora de treinta y tres años.
La democracia española es una democracia de cargos. No importa que la economía trastabille a cada momento, que la brecha entre clases se ensanche sin remedio o que nunca estén disponibles todas las piezas del puzle territorial. En medio de estas dificultades hay cargos, hay cargos, como pregonaba un joven socialista en el tesitura de 1982, cuando don Felipe González se encontró que tenía más puestos para cubrir en la administración pública que militantes en su partido. La democracia fue la oportunidad de oro para el ascenso social de un buen cupo de hijos e hijas de clase media, a los que les esperaba, y les espera, un futuro más bien gris. Fue en aquella circunstancia cuando emergió de la sombra don Luis Roldán, el adelantado y santo patrón de la corrupción del régimen del 78, que, como la niña Noelia, también empezó falsificando su currículo académico.
El historiador Giles Tremlett afirma que España es el país con más presidentes del mundo. Y si este es el vértice, imaginemos los vicepresidentes, secretarios, subsecretarios, adjuntos, directores, coordinadores, parlamentarios y concejales que se necesitan para mantener enhiesta la pirámide. Tremlett atribuye este fenómeno a Franco; en efecto, el dictador legó un estado y todo su aparato, que, para sentirse democrático, necesita multiplicar exponencialmente su estructura en cada región, provincia o municipio, de tal modo que el sostenimiento del tinglado necesita no solo una copiosa recluta de candidatos a miles de cargos sino que estos mandarines se extraigan de los partidos y su entorno, separados de la sociedad sobre la que habrán de ejercer la tutela. La dictadura robusteció al estado y debilitó a la sociedad, en esas estamos.
La sociedad civil española es inexistente por encima de los escalones más bajos y precarios –clubes y asociaciones vecinales, deportivas y culturales- por lo que los políticos no surgen de las entidades sociales sino que son cooptados entre los voluntarios más próximos y afectos al partido. Una vez embarcado en la política, el candidato o candidata necesita un cierto disfraz para vestir sus prerrogativas, que solo otorga el nivel educativo y los consiguientes títulos académicos. ¿Qué hacer si no se poseen? Pues muy simple, se miente, en la confianza de que los títulos, se tengan o no, pintan poco en la política donde lo que vale es la lealtad perruna al líder que te ha elegido y suerte para sustituirle llegado el caso. Este es el hilo secreto que une a don Luis Roldán y a doña Noelia Núñez, en trincheras enfrentadas y cuarenta años de distancia entre uno y otra. Don Luis está muerto y a la niña Noelia le queda una larga vida por delante, que dios guarde.