Sobra gente en todas partes. Turistas, jubilados, inmigrantes, delincuentes, funcionarios…, colectivos inconscientes de su condición tóxica pero que despiertan un rechazo vehemente y son la fuente del malestar que se ha apoderado de la sociedad legalmente constituida. Siempre han estado entre nosotros sin que advirtiéramos su presencia, más bien benéfica hasta ahora, pero esa mezcla de aceleración del tiempo y de compactación del espacio, característica de estos días, los ha convertido en una peste y basta que un dedo los señale para que se conviertan en el enemigo del pueblo, una categoría mitológica que opera desde que vivíamos en las cavernas, lugar que, no hay duda, no pocos añoran.
El último enemigo del pueblo que funcionó con gran éxito en Europa hace un siglo fueron los judíos. Hoy nos resulta incomprensible por qué las naciones cristianas que formaban la cacareada civilización occidental se sintieron unánimemente amenazadas por una pequeña minoría que habitaba en su perímetro desde hace dos mil años. Pero así fue, con las consecuencias sabidas que nos recuerda cada día el telediario.
Hoy, los enemigos del pueblo más pregonados son la inmigración y la delincuencia, así, en genérico, nociones concomitantes que tienden a formar una única entidad y contra las que los gobiernos y las sociedades muestran gran nerviosismo. Dejemos de lado como mero síntoma el asalto a Torrepacheco donde los organizadores aspiraban a resolver de un solo golpe, nunca mejor dicho, la concurrente cuestión de la inmigración y la delincuencia. Fue un fracaso por falta de adoctrinamiento, de preparación y de recursos. Estas operaciones requieren cierta maduración, a saber, un envoltorio legal y algunas tentativas no siempre exitosas hasta llegar a la solución final.
En su intento de retener a la inmigración del Mediterráneo fuera de Italia, la presidenta del consejo, la fascista Georgia Meloni, acordó con el gobierno de Albania la creación de unos recintos vigilados donde permanecerían los migrantes hasta que se resolviera su situación. Ahora mismo, el primer ministro de Suecia, el conservador Ulf Kristersson, negocia con el gobierno de Estonia el encarcelamiento en ese país de delincuentes convictos que pueblan las abarrotadas cárceles suecas. Inmigrantes tratados como delincuentes y delincuentes tratados como inmigrantes. Para que el invento funcione se requieren un par de premisas. Primera, el despojamiento de los derechos de los afectados. Para los inmigrantes, los derechos universales reconocidos en los convenios internacionales y para los delincuentes convictos, los derechos contenidos en las leyes nacionales que los han condenado.
La segunda premisa necesaria es encontrar un país dotado de un estado que más o menos funcione al que arrendarle la tarea, ya sea Albania, Estonia, Ruritania o Freedonia. Se supone que los gastos de la empresa, más el beneficio industrial de la operación y las mordidas correspondientes corren a cargo del estado arrendador y en este sentido los migrantes/delincuentes o delincuentes/migrantes se convierten en la materia prima de un negocio de nueva planta en la también nueva división internacional del trabajo. El presidente Bukele de El Salvador ha entendido con claridad el mensaje: si quieres tener un lugar en la nueva economía mundial hazte cargo de sus desechos. Pero ¿son reciclables? Descartado, por ahora, que puedan ser transformados en jabón, el mero almacenaje tiene serias contraindicaciones: deterioro de la mercancía, aumento de los gastos de mantenimiento, descuido en los pagos del arrendador. ¿Qué ocurre si el ciclo económico cambia y los arrecogidos en estos centros recuperan el valor en un mercado abierto? ¿Quién es el beneficiario de las plusvalías que produzcan en su caso? Preguntas, preguntas. Demasiadas y demasiado lejos de la solución final.
Otro día nos ocuparemos de los turistas, jubilados, funcionarios y demás colectivos tóxicos, que parasitan nuestro bienestar y han de tener también su sanmartín.