El amigo Liberius, latinista, nos ilustra en el café de media mañana que la palabra imbécil tiene su étimo en in baculus, sin bastón, y en origen aludía al tipo que tenía que navegar en la procelosa existencia sin más recursos que los propios; pronto, la lucha de clases, que modela el lenguaje, transformó a este tipo penosamente autosuficiente, en débil, enfermo, pusilánime, y por último, estúpido. Hay un campo semántico compartido que incluye términos como pobre, marginal y estúpido y los hace sinónimos. Pero nadie quiere ser estúpido, y menos en una democracia, donde todos somos iguales y los imbéciles, en el sentido primigenio de la palabra, somos iguales a los listos, los que no solo se apoyan en un bastón sino que vuelan en jet privado. En este sencillo razonamiento se basa la pujanza del populismo neofascista que infesta las democracias occidentales.
Es el caso, sin embargo, que el emperador Trump, el principal beneficiario de este camelo, ha llamado estúpidos a sus votantes más acérrimos y convencidos, los que acampan en la estela del movimiento maga y constituyen la médula espinal de su victoria electoral. Y los ha llamado estúpidos por creer en él y en sus promesas electorales. Vamos a ver. Es un principio sabido y generalmente aceptado que en una democracia de las adornadas con la cenefa liberal se vota a un candidato y a un programa y, una vez cumplido el trámite, el gobernante electo hace lo que puede o lo que le conviene, siempre que lo haga con la suficiente astucia para que sus votantes no se vean perjudicados en sus intereses profundos (la pasta) y acepten la retórica de los resultados.
Este sofisticado mecanismo no opera en el populismo neofascista, donde los imbéciles exigen al listo al que han elegido que cumpla la literalidad de sus promesas. Esta exigencia es tanto más fácil porque las promesas más llamativas de un fascista se refieren básicamente al sexo y a la violencia, los únicos ámbitos intelectivos de acceso inmediato al cerebro de los imbéciles. Véase, para no ir muy lejos, dónde operan los mensajes del populismo neofascista español: prostitución (sexo) para atacar a don Sánchez, y cacería de inmigrantes (violencia) para atacar a don Sánchez. Pero volvamos a la capital del imperio.
El emperador naranja ha llamado a sus votantes estúpidos por su empeño en que se haga pública la llamada lista de Epstein, que presuntamente contiene la relación de los usuarios de los servicios de prostitución con menores gestionados por este magnate financiero y su pareja y alcahueta, que tenían atrapada a una parte de la élite del país en este negocio. Míster Trump prometió la publicidad de esta lista para demostrar que él mismo no estaba en ella, cosa que sus seguidores necesitaban creer, a pesar de que era obvia y sobradamente publicitada la amistad del proxeneta y el futuro presidente. La exigencia de verdad verdadera llega hasta la muerte del proxeneta en la cárcel, oficialmente por suicidio pero envuelta por los buscadores de la verdad en una nube de hipótesis que incluyen un atractivo asesinato. Sexo y violencia.
Trump llama estúpidos a quienes quieren conocer la verdad porque, argumenta, son víctimas de un complot de los demócratas. Conspiración, bulos y una necesidad de pureza en el vacío son los ingredientes de la atmósfera que envuelve el populismo fascista. Pero llegado a cierto punto, la gobernanza de los imbéciles es imposible sin grave riesgo para los intereses de los listos. En algún momento de esta deriva el líder elegido por los estúpidos se ve obligado a una doble maniobra de consolidación: un acuerdo con las élites económicas dominantes y la eliminación de los imbéciles más connotados. Hitler, por poner un ejemplo fácil y rotundo, ejecutó las dos operaciones con prontitud: pactó con la gran industria un statu quo aceptable para sus intereses y liquidó, físicamente incluso, a los escuadristas de su partido en la noche de los cuchillos largos.
Míster Trump ya ha recibido un doble aviso de quienes han facilitado su acceso al poder y aspiran a ser grandes beneficiarios de su régimen: la súper industria digital, con la amenaza de su amiguete Musk de fundar otro partido, y del conglomerado mediático con un artículo en The Wall Street Journal, que sitúa al emperador calabaza entre los guarros que rodeaban al proxeneta. El mensaje es claro: no se puede ir sin bastón por la vida.