A los amigos Jon, que me reveló la noticia, y Quirón, que la descifró, con los que es imposible envejecer.
A la derecha le gusta el relumbrón. Es posible que con la izquierda haya más médicos de atención primaria y sea más barato el bono del autobús urbano pero si queremos tener un rascacielos de tropecientas plantas la derecha lo hace mejor. Ande o no ande, burro grande. La comunidad de Castilla y León ha llevado este principio nada menos que a la ciencia y ha pergeñado un plan para atraer talento a casa mediante la contratación de titulares del premio nobel, que dirigirían proyectos de investigación en las universidades y centros de cesic de la región. Los invitados a sumarse al plan son llamados investigadores de alto impacto, de los que se espera que provoquen el efecto atmosférico del rayo y del trueno, y traigan, literalmente, una tormenta de ideas que fecunde nuestro yermo suelo.
¿Qué proyectos de investigación? No se dice. ¿Qué investigadores? No se sabe. Las eminencias serían contratadas para un periodo de un año y el centro que los acogiera deberá aportar los recursos humanos y materiales necesarios para hacer factible y apetecible la oferta a los presuntos candidatos. El presupuesto para el primer año es de un millón y medio de euros, que supuestamente habrán de repartirse entre varios contratados. Así que, como mucho, cobrarían lo que gana un conferenciante internacional en tres o cuatro bolos. Un año o menos de contrato con esa tarifa daría para dos o tres lecciones magistrales y una supervisión volandera de los trabajos en curso, y, claro está, para unas fotos con los prebostes regionales, toda vez que los contratados no abandonarán las universidades a las que están adscritos y en las que realizan su trabajo ordinario, justamente el que les ha llevado a ganar el premio nobel.
La investigación es un continuum de largo plazo, cimientos robustos y confianza en el futuro, y, por ende, exige sacrificios compartidos porque los resultados no son inmediatos ni llamativos. No son investigadores lo que faltan en este país, que cada día se saca del bolsillo una universidad privada, sino todo lo demás: empezando por el respeto y apoyo a su labor desde las instituciones y el buen pueblo que las elige. Por aquí, el pensamiento científico tiene poco aliento, así que recurrimos al pensamiento mágico en el que una celebridad en física cuántica es convocada para convertir una calabaza en una carroza de oro mediante unos golpecitos de alto impacto con su varita.
La idea de contratar cracks del saber es propia de nuevos ricos. En la remota provincia subpirenaica pasamos por esta fiebre hace cuatro décadas. La necesidad de una universidad de titularidad pública estaba en el ánimo de los reformistas al inicio de la democracia. En este marco de ensoñaciones, un fantasmón defendió que la tal universidad debería ser un centro de acogida de grandes científicos que dispensarían su saber a los estudiantes sin el fatigoso tránsito curricular de la enseñanza convencional. Por fortuna, gente más sensata que este bocazas se empeñó en el proyecto, que dio como resultado una universidad como dios manda, necesariamente modesta en inicio y que crece por sus propios méritos. El ignaro bocazas terminó como galopín de un promotor inmobiliario, otro tipo con ideas genialoides.
La captación de talento chequera en mano para conseguir otros beneficios colaterales de orden político y económico, lo que podríamos llamar el método Florentino, va viento en popa y no solo en el fútbol. Los saudíes, que están aprendiendo el método a toda velocidad y con gran provecho, han dado en contratar no solo a futbolistas sino también a científicos, que no dejan de estar adscritos a su universidad pero que figuran en la nómina de la universidad saudí y que para hacer méritos en su nuevo destino publican un trabajo de investigación cada tres días. En este caso los españoles hemos sido exportadores de talento, el que aprendimos en Rinconete y Cortadillo, y en El Lazarillo de Tormes.
Me has hecho recordar la aparición en la RPS del «fantasmón» que trató de vender su proyecto de «centro de acogida de grandes científicos que dispensarían su saber a los estudiantes sin el fatigoso tránsito curricular de la enseñanza convencional». Aunque por suerte quedaría en una anécdota chusca, al principio tuvo bastante mejor acogida de lo que se podría creer. La tentación de sacudirse de encima el penoso trabajo de crear una universidad pública en condiciones para optar por un chiringuito seudoacadémico de cartón piedra prendió en las altas esferas y faltó poco para que el proyecto serio no se fuera al traste. Más vale que al final la cordura y el compromiso se impusieron sobre la frivolidad. Cómo se logró sería largo de contar.
(Aparte de eso: la RAE recomienda pronunciar Nobel como palabra aguda, como en sueco. Yo escribiría ‘Nobel’ y ‘nobel’, contra la costumbre).
Hola, me consta que aquella fantasmada tuvo más aceptación de la que puede suponerse y que os debemos a unos pocos que el proyecto de la Universidad Pública de Navarra se encarrilara. Cuando escribía el comentario pensé en ti. Valdría la pena conocer los detalles porque es historia de uno de los proyectos más importantes que ha emprendido esta comunidad, y además ofrece un retrato significativo de la época. Gracias por tu observación sobre la palabra “Nobel”. La corrijo ahora mismo y para siempre. Un saludo cordial.