Uno de los floripondios semánticos del packaging o embalaje de nuestro sistema político, muy utilizado estos días, es la reprobación. El grupo socialista ha anunciado que promoverá la reprobación de don Montoro, ministro del fisco, por su amnistía fiscal declarada inconstitucional en una sentencia sin efecto jurídico alguno, ni sobre  el autor de la amnistía, que, por cierto, fue todo el gobierno,  ni sobre los conspicuos beneficiarios de su inconstitucional iniciativa. Así que prepárate ministro porque te van a reprobar. Toma ya. Como todas las nociones punitivas de origen bíblico, la reprobación se ha devaluado mucho. En los buenos viejos tiempos, los reprobantes marcaban con un hierro al rojo la frente del reprobado y le expulsaban de la ciudad, de modo que su destino fuera vagar por los márgenes de lo humano a merced de la venganza y de la ira de los justos. Más tarde, el castigo se hizo sinónimo de condena eterna en el infierno. Ahora, que se ha clausurado el infierno, sobre todo para algunos, la reprobación tiene menos efectos que una multa por aparcamiento indebido en zona azul. Al ministro de los jueces y fiscales dudosos, que ya carga con esta pena,  no le ha borrado ni la sonrisa de la cara porque en el peor de los casos, la reprobación significará, cuando toque, un pingüe empleo en algún consejo de administración o en algún órgano consultivo de buen sueldo y poco trabajo. Cuando la cámara enfoca en el banco azul al ministro reprobado, a este espectador  le asalta la ocurrencia de que en la taza del váter del despacho ministerial han sustituido la tradicional araña-guía del cauce mingitorio por la cara de quienes le reprobaron, tal es la plácida satisfacción que expresan sus rasgos. En buena medida, la democracia consiste en sustituir los hechos por las palabras, y como estas son gratis por definición, llegan a formar un envoltorio inextricable que no solo no designa los hechos sino que los camufla. La democracia es uno de esos regalos de cumpleaños en el para llegar a una modesta pluma estilográfica o a un portarretratos hay que desprender del paquete ramilletes de flores secas y olorosas, soltar lazos, desgarrar papel de envoltorio, abrir una caja y luego otra y luego otra hasta que el objeto se hace presente en su nuda modestia. No es extraño que a los reprobados se les ponga cara de niño en la mañana del día de reyes. Claude Lévi-Strauss cuenta en su Tristes trópicos la historia de un cacique amazónico que relacionó de alguna manera la autoridad del antropólogo con el cuaderno donde este tomaba sus notas. Un día, el cacique se hizo con el cuaderno y fingió leerlo en voz alta ante la tribu reunida, con sonidos inventados. De una manera aproximativa y empírica, aquel jefe de un grupo de cazadores recolectores comprendió que las palabras no valen por lo que significan sino por lo que pueden. Aunque Lévi-Strauss no lo dice, podemos estar seguros de que entre las palabras que inventó el cacique, estaba reprobación; después de todo, también aquí y ahora hablamos de un grupo de cazadores recolectores, que no siembran ni laboran pero se lo llevan crudo.