Hay en la figura pública de don Sánchez un componente mecánico, medroso, hueco, de quien ha puesto la carga de la prueba en la apostura física, en la oportunidad del momento y en la opinión del público. Nunca antes hemos tenido en la presidencia del gobierno un líder tan obvio en su papel y al mismo tiempo tan leve, al que más que demandas hay que dirigirle jaculatorias.
Domésticos y/o silvestres
Ahora, en periodo electoral, el perro-lobo aúlla haciendo eco del ministro ruso de exteriores –en España no hay plena normalidad democrática y todo eso- pero, como dice descarnadamente un socio socialista, perdonándole la vida, ‘Iglesias no tiene gestión, no hace nada, y tiene que hacer declaraciones estrepitosas para llamar la atención’. Está por ver si los mensajes son recibidos por su electorado, que vive en la oscuridad del bosque.
Cacofonías antes de la restauración
En castellano hay una frase hecha para describir esta situación, alborotar el gallinero, que tal vez inspiró a Cortázar y sirve ahora para explicar la cacofonía en que está sumida nuestra clase política, como las gallinas de la fábula, bajo el impacto del último movimiento del rey emérito y su reconocimiento de que es un (presunto) delincuente fiscal.
La espalda del césar
La construcción de héroes ha sido oficio tradicional de cronistas y escritores, pero ahora también están en el negocio asesores políticos y publicistas. La corte que rodea a don Sánchez está entregada a hacer de él un césar en la línea, para decirlo con un ejemplo cercano, de don Felipe González.
La nueva generación
Pedro Sánchez es el más felipista de los políticos españoles en activo y su objetivo, como el de su ancestro, es ganar la hegemonía política y ocupar el centro del tablero. Pero en esta ocasión para llegar al mismo sitio que en 1982 es forzosamente otra.