-Este es el territorio de Dios y cazo caballos salvajes para conservar mi libertad, para ser un hombre libre.
-¿Y qué pasará con los caballos?
-Se venden como carne para perros. Antes los compraban como regalo de cumpleaños a los chicos ricos, porque son pequeños y fuertes, pero ahora los chicos tienen motocicleta.
(The Misfits, John Houston/Arthur Miller, 1961)
La caza es un instinto de especies predadoras pero su práctica exige aprendizaje, cálculo y tiempo. El gran depredador de occidente observa a su próxima presa en busca de su punto débil y espera el momento del ataque. Por ahora, sin embargo, está confuso y sin resuello después del asalto fallido contra lo que parecía un rebaño de ovejas y ha resultado una manada de búfalos. Cuba no es Irán, pero Irán le ha dejado exhausto.
Irán ni siquiera era una pieza apetecible. El gran depredador no entiende de geoestrategia y espera obtener un beneficio inmediato y tangible de sus ataques, preferiblemente más dominios para levantar hoteles y campos de golf para sus amigotes ricos. Gaza parecía un espacio prometedor a este fin pero la guerra de su enloquecido aliado sobre el terreno no termina nunca. Cuba, en contraste, es una pera en dulce. La isla, a 145 kilómetros de la metrópoli, es la joya irredenta del imperio norteamericano. El primer botín obtenido (1898) en el desarrollo de la doctrina Monroe (América para los americanos, 1823) y luego perdido a manos de los isleños en 1959. El gran depredador quiere restaurar la doctrina Monroe; quiere ser un carnívoro bueno como El rey león en la peli de Walt Disney. Ya exhibe la melena llameante para el papel.
Cuba soporta el peso de ser el símbolo de una época ya ida sobre una estructura física y material que siempre fue exigua y ahora está exangüe. Predicaba la emancipación de la humanidad y era dependiente de suministros básicos exteriores. Fue un señuelo de la guerra fría, que perdió relumbrón a la caída de su socio mayor y garante internacional hace más de tres décadas. Desde entonces, el sacrifico de la población, sostenido por un patriotismo fiero y paliado por servicios públicos modélicos en su época y en su entorno, se ha convertido en una experiencia demoledora, extenuante, mientras el imperio mantiene el cerco. El régimen político, que siempre fue duro y verboso, ahora está anquilosado y mudo.
La crisis, en efecto, se inició a principios de los años noventa durante el que los cubanos llaman periodo especial tras la implosión de la unionsoviética. Entonces, Raúl Castro, hermano del dictador y cerebro del régimen, comprendió la necesidad de reforzar la seguridad militar del país y en consecuencia la necesidad de reforzar el sostén económico de las fuerzas armadas a la vez que cerraba el control gubernamental sobre la economía nacional, y creó un conglomerado empresarial bajo el anodino anagrama de gaesa (grupo de administración empresarial, sociedad anónima) que abarca el cuarenta por ciento de la economía cubana, destacadamente su único activo apetecible: la industria turística y hotelera, en buena parte operada por cadenas españolas como Meliá e Iberostar, que ya empiezan a abandonar el territorio por presión del gran depredador. El resort cubano, que antes de la revolución fue de Meyer Lansky y demás familias emprendedoras del vecino norte, vuelve a manos de sus herederos bajo la batuta de míster Trump. La cuestión es cómo.
El gran depredador tiene como modelo de éxito Venezuela, que, como todo el mundo sabe, consiste en descabezar al régimen y dejar al cargo a agentes de casa conocedores del negocio y dóciles con los designios del vencedor, por lo demás muy básicos porque lo único que pretende es explotar a su beneficio y de sus socios la riqueza del país en un clima de la mayor tranquilidad social posible. A este fin debe resolver dos problemas: la decapitación del régimen y la conversión de este en un aparato a su servicio.
Para lo primero ya ha anunciado la aprehensión de Raúl Castro para que responda ante un tribunal norteamericano por el derribo en 1996 de dos aeronaves de un grupo de cubanos en el exilio –hermanos al rescate-, que, como su nombre indica, penetraba en el espacio aéreo de Cuba y realizaba operaciones de propaganda. El gobierno cubano de la época intentó durante meses parar estas actividades mediante negociaciones con Washington y, al no conseguirlo, hizo lo que cualquier gobierno hubiera hecho en su lugar. Pero el juicio de Raúl Castro, como el de Nicolás Maduro y Celia Flores, sirve para exhibir cobertura jurídica al ataque del gran predador. Una vez desmantelado el derecho internacional ha de remplazarse por un derecho privativo que defienda los intereses del fuerte y no los derechos del débil. En cuanto a la segunda cuestión se está tanteando a las élites castristas en busca de colaboradores estimulados por la fuerza de los hechos. ¿Qué ocurrirá si el plan no funciona?
Al contrario que en Venezuela, que tenía (y tiene) un régimen autoritario populista donde, bien que mal, algunas instituciones propias de los sistemas democráticos funcionaban, Irán y Cuba son dictaduras blindadas por robustos aparatos ideológicos y depuradas por largos años de represión sobre los movimientos opositores. El resultado es un estado implacable y una sociedad regimentada, atemorizada y exhausta. Ni los bombardeos en Irán ni el asedio por hambre en Cuba van a conseguir que la sociedad se subleve; en gran medida porque no sabe qué resultado tendría esa sublevación y ni el bienestar ni la soberanía están garantizados. Pensar que iraníes y cubanos van a recibir a míster Trump como un liberador es como pensar que son como esos vaqueros bebedores de cerveza que pueblan The Misfits y le llevaron con su voto a la Casa Blanca.