La mínima experiencia en las interioridades de la administración pública te hace saber que no hay estructura nueva dentro de este artefacto cuya titularidad primera no esté ocupada por alguien designado a dedo; más tarde, cuando toque, si la estructura funciona o se ve pertinente, arraigará en el servicio público y su dirección será asignada por procedimientos normales, generalmente por promoción interna entre el funcionariado, que no escapará a los inevitables tejemanejes de costumbre. Pero al inicio es el dedo, sencillamente porque no hay otro modo de hacerlo.
La razón de esta mecánica está en el adjetivo nuevo. La creación de la nueva estructura está promovida por el poder político que lleva la iniciativa por una mezcla de necesidad pública y de compromisos privados. La atención a una demanda social, real o imaginaria, y el autobombo operan trabados en estas operaciones, aunque en dosis desiguales según los casos. Pongamos un ejemplo: ¿qué primó más en la creación de la oficina del español de Madrid cuya titularidad otorgó la virreina doña Ayuso a un tal don Toni Cantó? La misma pregunta puede hacerse en el caso que ocupa ahora las viñetas de actualidad: ¿qué necesidad tenía la provincia de Badajoz de un coordinador de actividades de conservatorios de música (luego oficina de artes escénicas), cargo para el fue designado don David Sánchez? Las diferencias en las respuestas a ambas preguntas son de matiz. Probablemente, el paisanaje de Badajoz necesite más un cierto fomento de la educación y difusión musical que el buen pueblo de Madrid, la promoción y conservación del castellano, y sin duda don Sánchez está más acreditado para su puesto que don Cantó para el suyo.
Hay también matices en el modo de otorgamiento de la sinecura, entre el descarado dedazo de doña Ayuso y el taimado procedimiento concursal de la diputación extremeña. Diríase que este último sigue las pautas ratoneras típicas de la administración periférica y el primero es expresión de los modos airados que trae la nueva eeespaña central y centralizada. Porque ese es el significado del juicio que se está celebrando contra don Sánchez. Lo que cuenta aquí no es que sea beneficiario de un enchufe sino que es el fratello del detestado presidente del gobierno de izquierda. El mensaje es tan obvio que la posfascista doña Meloni lo ha utilizado como argumentario entre los suyos. Enchufes hubo y habrá, la cuestión es quién los da y quién los recibe. ¿Alguien se imagina una España sin enchufes? Los huesos de don Benito Pérez Galdós y compañía deben estar partiéndose de risa en su tumba.
El tribunal que juzga a don David Sánchez y a otras diez personas -incluido el capitoste socialista don Miguel Ángel Gallardo, que mandada en la cosa provincial entonces- por presuntos delitos de prevaricación administrativa y tráfico de influencias, no pude dejar de pensar que si todos los enchufes en la administración española fueran objeto del despliegue judicial que se ha aplicado a este, la justicia estaría reventada. Es un pensamiento melancólico porque el caso también juzga al tribunal que lo juzga. Si considera el delito prescrito o encuentra algún matiz que libra a los acusados de condena, traicionará a la vox populi, que espera en la plaza la cabeza de un Sánchez, aunque sea una réplica, y sus secuaces clavadas en una pica. Si por el contrario, sentencia lo que pide la acusación, que en este caso representa a la ola que viene, sabrá que está en el lado correcto de la historia. A estas alturas, los jueces, incluso los más pánfilos, si hay alguno, ya saben que forman parte de la lucha política, como podemos leer cada día en las noticias del modelo míster Trump. Estamos en el tránsito de una sociedad basada en compromisos, marrullerías y formalidades al servicio más o menos torpe del bien público (caso David Sánchez) a otra de decisiones arbitrarias e inapelables (caso Toni Cantó). Como diría don Feijóo, trémulo aspirante al puesto de Dedo Mayor, va a cambiar todo, y todo es todo.