Revisión de la película El pisito, de Marco Ferreri (1958). El Ateneo y la Filmoteca de esta remota ciudad subpirenaica celebran con un ciclo de proyecciones y conferencias el centenario de Rafael Azcona, escritor y guionista, quizá el mejor y más inspirado de este oficio entre los españoles, y lo abre con este filme de tenebroso costumbrismo.
La película se inicia con una secuencia deslumbrante, del mejor cine clásico. En una calle de una ciudad nocturna, incierta, flanqueada de altos edificios, quizá la Gran Vía de Madrid, entonces avenida de José Antonio, un automóvil de gran cilindrada y carrocería suntuosa, lo que entonces se llamaba un haiga, enciende los faros y se pone en marcha. La cámara sigue su deriva por la ciudad acompañada por las notas de una pieza de jazz, y a medida que clarea el día se interna por calles empedradas de una villa destartalada y fantasmal y se detiene ante el portal de un edificio cochambroso; del vehículo bajan una chica ataviada de noche como una modelo de la época, un pimpollo, se diría entonces, y un moscón que le solicita en inglés una última copa. El pimpollo rechaza la invitación y planta al moscón en el portal, que ya es el umbral de otra realidad. El fracaso del placer sexual es un leitmotiv del cine y la literatura españoles del siglo pasado.
Después de la glamurosa y frustrada secuencia inicial, el espectador es llevado a un mundo poblado de seres apretujados en un espacio abigarrado, angosto, en el que la convivencia es un incordio incesante y desesperante. El infierno son los otros. La trama de la película es la historia de una pareja de no tan jóvenes que no puede consumar su estado porque carecen de vivienda propia. Él vive realquilado en el gran piso de una vieja, que también aloja el consultorio de un callista y el nido del pimpollo, mientras trabaja en una raquítica empresa de distribución de encurtidos en conserva y palomitas de maíz. Él (José Luis López Vázquez) es un hombre vencido e irresoluto, como tantos otros de aquella época, y ella (Mary Carrillo), una mujer rocosa y resentida, como tantas otras de aquella época, y entrambos –rostros inolvidables de nuestra memoria histórica- acuerdan que él se case con la vieja para heredar el piso a su muerte inminente. La conspiración, apoyada y jaleada por el hormigueante entorno social de la pareja, cumple su objetivo: el novio se casa con la vieja, la vieja muere, la pareja hereda el piso y la película termina dejando al espectador colgado de la historia de su país y quién sabe si de la suya propia. La vieja rentista reaccionaria y avarienta es heredada por una pequeña burguesía calculadora y despechada; a ese momento histórico se le llamó el desarrollismo, luego vino la transición, etcétera. De la ley a la ley sin romper un plato.
El pisito fue el primer largometraje de la fecunda colaboración de Ferreri y Azcona, ambos en los treinta entonces, y la estructura del relato lo denota porque es un puzle de recursos y fuentes diversas. A la secuencia inicial, impecablemente hollywoodense, siguen brochazos de neorrealismo italiano y de sainete español en interiores promiscuos y exteriores yermos, todo salpimentado de chistes codornicescos en los que Azcona era diestro e impregnado de un nihilismo que los dos creadores conservarán hasta el final de su colaboración en La gran comilona (1973).
Este cine ha sido parte de la dieta cultural del viejo, que lo conoce y lo ha apreciado pero en esta ocasión le produce una desazón nueva, ya sea por la edad o por la época que se nos viene encima. La película le parece más grande de como la recordaba y de cómo debió parecerle cuando la vio en el pasado, por eso quizá el malestar es mayor. El escritor Manuel Hidalgo, comisario del ciclo, informa en la presentación que El pisito se proyecta ahora en ateneos y centros sociales como ilustración sobre la falta de vivienda, un problema de plena vigencia, que parece eterno. En la película, esta carencia es el basamento de una infelicidad generalizada, que afecta al núcleo social, la pareja, pero se proyecta también sobre la precariedad, el desempleo, el atraso industrial y los salarios insuficientes, en un país gobernado por una clase propietaria anquilosada y codiciosa. No veo qué relación hay entre el sueldo y la vivienda, dice uno de los personajes. ¿Y si El pisito es una película revolucionaria como El acorazado Potemkin? El viejo abandona la sala pensando que ha visto demasiado cine en su vida y lo confunde todo, como Godard.
En la imagen, el escritor y guionista Rafael Azcona (Diario de Noticias de Navarra).