Las reglas del confinamiento constriñen la visión del paisaje, que solo puede atisbarse por dos rendijas u ojos de cerradura: la ventana de casa y la pantalla de la tableta. A través de la ventana, la primavera sigue su rutina en los castaños de Indias, únicos habitantes de la calle vacía, de entre cuyas hojas emergen las panículas de florecillas blancas. Al confinado le asalta una ocurrencia: cuando él no esté, los castaños seguirán floreciendo y la tele seguirá encendida.
Los novios de la muerte
El confinamiento en la sola compañía de la carraca que llevamos de fábrica en el interior de la caja craneal es una fuente de riesgo porque en ese espacio de nuestro organismo no hay gran cosa de valor: obsesiones, manías, hábitos en bruto, recuerdos inertes y deseos de imposible cumplimiento, todo ello regado con unos jugos que inflaman las fantasmagorías y llevan a la desmesura.
La máscara de la nueva era
Quién sabe si las mascarillas profilácticas no son la señal indumentaria de la próxima era. La mascarilla permite estar en el mundo a una satisfactoria distancia del prójimo sin dar explicaciones a nadie, lo que es el sueño de las clases dirigentes; en cuanto al buen pueblo, volverá a llenar los estadios de fútbol provisto de mascarillas compradas en z-a-r-a, que, entonces sí, se verá que son inservibles para prevenir el contagio.
¿Estamos en guerra?
Estos días menudean las opiniones contrarias al uso de metáforas bélicas para definir el enfrentamiento a la peste. La presencia de soldados en las calles en funciones de apoyo a la logística sanitaria y de generales profusamente enmedallados en las ruedas de prensa del gobierno abonan una suspicacia generalizada, que tiene dos vertientes, de izquierda y de derecha.
Apostólicos y conversos
¿Cómo seremos y cómo será la sociedad cuando todo esto acabe? No hay respuesta cierta; sin embargo, empezamos a discernir la emersión de dos nuevos arquetipos que habitarán el futuro y a los que llamaremos, provisionalmente, apostólicos y conversos.