En el subsuelo de la peste que impregna la vida pública y privada borbotea una guerra política y cultural cuyas verdaderas dimensiones se mostrarán a medida que descienda la emergencia vírica y los de siempre nos encontremos donde siempre. Por ahora, el gobierno, ocupado en lo que importa, hace caso omiso a las provocaciones de la oposición y con la punta de muleta intenta llevarla al terreno de unos pactos por lo demás necesarios a todas luces.
Discurso al senado
Y entonces llegó la peste. El virus resulta más letal en los organismos más gastados por la misma lógica que un accidente de tráfico es más probable en un vehículo muy rodado en igualdad de las otras condiciones. Y con la peste llegó el doble lenguaje: el baboseo que considera a los viejos sector de población más vulnerable a la vez que caen en las residencias geriátricas como si estuvieran en las trincheras del Somme.
El silencio de dios
Estos días, el silencio de dios es absoluto. Quizá el rasgo más sorprendente de estas semanas de imperio de la peste es que los obispos no han abierto el pico ni para dar el pésame. La tele emite la misa papal de pascua en el obsceno esplendor de la basílica de san Pedro deshabitada de fieles en cumplimiento de la orden de confinamiento decretada por el estado.
Acuerdo en la desembocadura del Rhin
Después de todo acuerdo europeo reina inevitablemente la niebla sobre lo conseguido y sus consecuencias. Las cifras son tan desmesuradas, los términos contractuales tan retorcidos y lábiles, y los intereses políticos en juego tan variados y contradictorios que no podemos aspirar a nada en claro.
Las leyes de la termodinámica
En la torrentera de noticias lacrimógenas y depresivas que trae cada día la peste, aparece el rostro bien tallado, luminoso, germánico, de un muchacho que declara que no va a renunciar a parte de su salario a favor de la empresa que le contrata porque le parece una abdicación de sus derechos.