La inteligencia es una cualidad de los seres vivos que se gusta mucho a sí misma y propende al ensimismamiento: cualquier cangrejo cree que es el más listo del océano. En resumen, los inteligentes somos nosotros. Una consecuencia de este bucle mental es cierta tendencia a despreciar al otro, amigo o enemigo. La inteligencia occidental está empapada de supremacismo.
Que le quiten el tapón
El ‘negacionismo’ se ha convertido en un motor ideológico potentísimo, el viento en las velas de la pujante extrema derecha, que, entre otros éxitos políticos, ayudó a ganar las elecciones a doña Ayuso en Madrid. Y de nada vale predicar que los negacionistas son una peligrosa horda de imbéciles malintencionados. El ‘negacionismo’ se tiñe de ‘libertarismo’ y deja de ser una pose incivil para convertirse en, cómo decirlo, un proyecto político.
Bombas para la despedida
Los dos atentados con bomba en el aeropuerto de Kabul, previstos e incluso anunciados, han amargado aún más las últimas horas de la coalición occidental en Afganistán y han espoleado, por si fuera necesario hacerlo, la voluntad de salir de aquel país a escape. En esta circunstancia, la amenaza de míster Biden a los autores suena penosamente a impotencia y fracaso.
Razas y colores
Este último y modesto vestigio del estado del bienestar parece que tiene los días contados si la rampante extrema derecha consigue imponer la creencia de que somos víctimas de una conspiración de las elites mundiales para sustituir a la raza blanca por razas coloreadas procedentes del profundo sur y del extremo este.
Elegía
Es curioso observar cómo el fallecimiento de Charlie Watts compite, con ventaja, en nuestro ánimo con la tragedia de millones de afganos y sobre todo afganas condenados a la desdicha por las mismas sociedades que idolatran a los Rolling Stones. En medio del caos anónimo y brutal que nos sirven los telediarios, el alma se solaza al encontrar un motivo real e íntimo de aflicción.