El fallecimiento de Charlie Watts compite, con ventaja, en nuestro ánimo con la tragedia de millones de afganos y sobre todo afganas condenados a la desdicha por las mismas sociedades que idolatran a los Rolling Stones. En medio del caos anónimo y brutal que nos sirven los telediarios, el alma se solaza al encontrar un motivo real e íntimo de aflicción.
La ocupación de Afganistán por los talibanes tiene un aire arcaico, intemporal, fatídico, que bien hubiera podido ocurrir en el siglo noveno, pero el deceso del baterista de los Stones es un accidente de nuestro tiempo, está atado a una experiencia exultante e intransferible, que ninguno de nuestros ancestros experimentó ni ninguno de nuestros sucesores experimentará. La muerte del rockero nos recuerda nuestra propia muerte. En el sepelio virtual que se celebra ahora mismo, millones de deudos pondrán los ojos en blanco y recordarán, yo estuve en el concierto de los Rolling en tal sitio en tal fecha y le vi, sobrio y sonriente sobre los tambores, semioculto tras el gesticulante Jagger, y tanto si el memorioso no recuerda ningún detalle de aquella ocasión porque estaba empapado en drogas como si la asocia a vivencias reales o imaginadas, recibirá la certeza de que estaba vivo y una aflicción genuina se apoderará de él. No preguntes por quién doblan las campanas.
Somos hijos de nuestros sueños y Afganistán y los Rolling Stones tienen en común que son fruto de la imaginación occidental. La paradoja reside en cómo estos sueños conviven con la realidad. Afganistán es un sueño positivo en el que nuestros gobernantes creyeron que podían llevar la democracia y los derechos humanos a un paisaje mineralizado por la historia y la moral, y fracasaron. Los Rolling y el rock surgieron para expresar la insatisfacción que producen la democracia y los derechos humanos que queremos exportar, y triunfaron. El buen rollo afgano ha terminado en tragedia mientras las satánicas majestades occidentales, de las que Charlie Watts era el niño modoso, han triunfado: pasta, chicas, drogas, mansiones con piscina, aviones privados, centenares de servidores y millones de seguidores, ¿qué más puede dar la breve vida?
Quién sabe si los talibanes no son los rolling de la nueva época. Tienen, y en cantidades ingentes, dinero, chicas embutidas en sacos, drogas para exportar al mundo, miles de servidores bien armados y un sinnúmero de seguidores. Su presentación pública es tan provocativa como lo fue la de las bandas del swinging London en los sesenta. Los turbantes, las barbas, las camisolas con faldones e incluso la toallita sobre el hombro, quizá para secar el sudor del esfuerzo, no son más extravagantes que lo fueron las melenas cortadas a tazón, los pantalones de pata de elefante y las blusas floreadas de mangas abullonadas y ostentoso cuello. Y los talibanes, como los rockeros, tampoco encuentran satisfacción en el mundo que han heredado. Ahora mismo, les falta una pizca de respetabilidad pero eso se consigue con el tiempo, como podría decirles Charlie Watts, si estuviera vivo.