El jubilado vive mejor cuando entiende que su actividad se enmarca en un proyecto beneficioso o prometedor, y tanto mejor si está dirigido, sugerido o supervisado por alguna autoridad. Ha sido educado en un sistema jerárquico, autoritario y de verdades unívocas y se desenvuelve mal en las ambigüedades para cuyo descifrado carece de tiempo y de paciencia. Fuera de este marco pautado, el jubilado se siente perdido, disperso e ineficiente. La primera dificultad radica en encontrar una autoridad a la que someterse con confianza y sin aparente sumisión. Los jubilados son un híbrido entre liberto y difunto y no hay por ahí muchas autoridades que se ocupen de ellos. El cura, quizás, si es creyente, pero el más frecuentado es el médico. Así que asume con entusiasmo la recomendación de este y pasea cada día casi dos horas por la trama urbana de la cárcel que habita. Una larga y sinuosa vuelta por las consabidas calles y campos de extramuros a paso firme, con las zapatillas apropiadas y la resolución pintada en la cara. En esta actitud, el jubilado puede sentir a cada paso el retroceso de los índices de colesterol y azúcar, lo que quiera que sean estos adversarios que lo habitan. Las calles de la ciudad están pobladas de felices y engañados jubilados que caminan con la determinación de quien está pateando las siete cabezas de la hidra. Esta batalla triunfal viene empañada por la actividad quintacolumnista de la incontinencia urinaria. Los órganos que forman el aparato mingitorio han sellado una insidiosa alianza para mantener al paseante en vilo. Al malestar físico de esta situación se suma cierta perplejidad filosófica, por decirlo así. El colesterol es algo que puede imaginarse ajeno a nuestra naturaleza, aviesamente introducido en nuestro organismo por un deficiente estilo de vida, como una bacteria o un virus, digamos, pero el aparato mingitorio es parte de uno mismo, un aliado imprescindible del sistema vital, cómplice en el decoro de nuestra vida social, riente amigo en privado, testigo privilegiado de alegrías y deslices, y su traición resulta por demás desconcertante y dolorosa. ¿Y qué decir de la rebelión de los hiperactivos riñones, tan discretos que hasta ayer ni siquiera podíamos señalar con seguridad su ubicación debajo de la piel? De modo que el paseo triunfal del jubilado se torna en torturante periplo en busca de un váter público. He aquí un decrépito león solitario que vaga por la sabana con el escozor en la entrepierna, no para marcar el territorio conquistado, como hacen los jóvenes, sino para evitar ser derrotado por él. Entonces, los placeres del paseo, las observaciones, las ocurrencias, las imágenes que proporciona el paisaje, tantas veces glosados en la literatura (vid Javier Mina, El dilema de Proust o el paseo de los sabios, Ed. Berenice, 2014) se constriñen en la única voluntad de confeccionar y recordar un mapa mental de la ubicación de los retretes habilitados en el territorio, de cuya cercanía y accesibilidad dependen el decoro y la dicha.
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