La ex alcaldesa Rita Barberá perdió la poltrona, con todo merecimiento, no por ignorar la lengua que se habla en su ciudad y hacer ostentación de ello desde el balcón consistorial sino por desafiar al cambio climático con su destartalada alusión al calor. Ojo con las burlas a la naturaleza. Las bromas medioambientales debían ser delito por lo menos de la misma gravedad que las gansadas tuiteras del concejal Zapata. En el tsunami térmico que nos envuelve estos días he sufrido un par de breves episodios de ansiedad, no precisamente por el nivel del mercurio sino por una profecía repetida por la sibila doméstica. Los dos episodios han tenido lugar en días sucesivos y en las mismas circunstancias, durante el telediario del mediodía, cuando la voz del tiempo anunciaba que la ola de calor se prolongará más días, así, dicho vagamente, más días, pero ¿cuántos? En ese momento, mi organismo se ha independizado de la razón y he sentido que el aire no entraba en los pulmones y se aceleraba el ritmo cardíaco. La experiencia dura unos segundos, los que necesito para apartar la vista de la pantalla y comprobar que el aparato de aire acondicionado y el ventilador funcionan normalmente. Sin embargo, miro con desconfianza a esos chismes, no solo porque su funcionamiento depende de un sistema tecnológico falible -¿y si cae el suministro eléctrico por exceso de consumo?-, sino porque la resistencia al calor es también una construcción mental que depende de nuestra convicción de que volverá el frío. Los habitantes de este hemisferio asociamos los desastres naturales con el hielo -aludes y ventiscas, caminos y suministros cortados por la nieve, individuos muertos de frío- y estamos orgullosos de la tecnología que nos ha permitido domesticarlo. Una reciente y muy popular película de dibujos animados asocia el hielo con el desorden moral. En nuestra cultura, el paraíso y sus pejigueras -las moscas, los labios resecos, la piel quemada, la sequía- están todavía lejos, al sur, y son circunstancias de una aventura a la que hay que ir a buscar pertrechado de mochila y cámara de fotos. Pero, ¿que ocurre si el sur nos ahorra el viaje y viene a buscarnos a nuestra casa y como un huésped gorrón se queda para no irse? Intento verbalizar las razones de los episodios de ansiedad. “Enhorabuena, estás a punto de afiliarte a Greenpeace”, me responde mi amigo Xabi B., veterano voluntario de esta organización. Me pregunto si no será tarde, pero no se lo digo.
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