Ayer, el Parlamento de esta provincia subpirenaica desde la que escribo eligió a la que será la presidenta de la región los próximos cuatro años. El trámite de debate del programa de gobierno y la votación subsiguiente discurrieron en un registro versallesco. Ni una estridencia, ni una salida de tono y todos los discursos jalonados de flotantes expresiones de deseo, como farolillos de una verbena estival: pluralismo, paz, esperanza, apertura, o, para resumirlo con una frase de la propia presidenta, “un nuevo modo de hacer política”. Ni los sentimientos más extremos y grasos que anidaban en las bancadas –la amargura de la derecha perdedora, el júbilo casi despepitante de la variopinta coalición vencedora- alcanzaron a quebrar la armónica orquestación de la jornada. Era evidente que había un acuerdo inconfesado en la clase política para presentarse como un coro de voces blancas a fin de no encabronar al pueblo soberano más de lo que ya está. Fue una jornada tan musical que no tuvo letra. El programa de gobierno se presentó con hilvanes y sin factura, y la oposición no juzgó que el momento fuera oportuno para enredarse en los detalles. Los portavoces agotaron sus turnos con generalidades previsibles y retórica de fiesta de principio de curso, en la esperanza de que el subtexto de sus intervenciones fuera inteligible pour conaisseurs. Hay al menos un par de buenas razones para que las cosas discurrieran de este modo. La primera, que el cambio de sentido en el mandato de los electores ha sido tan evidente que tiene algo de fatídico, y es sabido que nadie puede oponerse con éxito al fátum. Todos han convenido en que la coalición de gobierno resultante era la única posible aunque aritméticamente había otras alternativas, políticamente tan improbables como la que ha salido. La segunda razón es que los partidos concurrentes, del gobierno y de la oposición, están desguazados: sin ideología, ni proyecto, ni programa, ni apenas cuadros (el gobierno naciente está formado por técnicos), no son más que un puñado de afines alrededor de unas siglas, asediados por la mezcla de impaciencia y desconfianza que conforma el sentimiento dominante de la sociedad respecto a los políticos. Eso sin contar con que las arcas están vacías, el fraude fiscal intacto, el desempleo terne y la salida del agujero en la nube. En este clima, hubiera resultado suicida exhibir el matonismo habitual de los partidos tradicionales, así que todos se han presentado como Adán en el paraíso, y este carácter auroral ha coloreado la primera sesión de la legislatura. Ya habrá tiempo de hacer callo.
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