La ideología precede a la realidad, la suplanta e invade territorios de la mente que son refractarios a esta. En tiempos de guerra como los que vivimos, la ideología es el engrudo que acude a taponar los agujeros dejados por las bombas y las minas de la realidad. La ideología es democrática, igualitaria y complaciente, mientras que la realidad es hosca, huidiza y a menudo intratable. Para justificar nuestra impotencia frente a la realidad, alegamos que no está probada o que los datos aportados para probarla son falsos o insuficientes. Es lo que ha hecho un antiguo y notorio capitoste socialista al porfiar que el aumento de la pobreza en España es una falsedad manipulada por las oenegés para que sus voluntarios no se queden sin empleo. El capitoste es un académico profesionalmente experto en estadística y demografía y su lógica parece irrefutable: si ha aumentado el índice de crecimiento del país en los dos últimos años mal puede creerse que haya aumentado correlativamente el número de pobres. Es un argumento curioso en un socialista, por más orondo que se muestre (el socialista, no el argumento) porque también es sabido que ha aumentado la desigualdad, de modo que es perfectamente plausible que la riqueza creada haya ido a manos de los más ricos y detraída de los más pobres. La inesperada lucha de clases que ha acarreado la crisis ha sorprendido a los socialistas o socialdemócratas, como más finamente se llaman, en la trinchera equivocada. Al capitoste aludido, esta desubicación ha dejado de importarle porque está retirado de la política y, como cualquier jubilado, dice lo que le da gana, tanto más si así alimenta un resentimiento típicamente senil hacia la desagradecida realidad que ha dejado de reconocerle los servicios prestados. Pero, para los socialistas en activo, herederos del País de Jauja que construyó el capitoste y sus pares, y que aún esperan cobrar sus pensiones algún día, la reconstrucción de una ideología adaptada a la realidad se ha convertido en un doloroso quebradero de cabeza. Para decirlo claro: hay demasiados agujeros y poco engrudo.
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