Si nuestro bienamado presidente Rajoy pudiera enviar un buen manojo de votos para determinar el resultado del referéndum de Grecia, lo haría encantado, y no sería el único. Todos en Europa parecen dispuestos a votar en este referéndum, por las más diversas razones, casi todas personales. Las de Rajoy son inocultables, incluso para un hermético registrador de la propiedad: pararle los pies a Podemos con un buen guantazo en la cara de Syriza. El referéndum griego quiebra la respetable tradición de cabildeos a puerta cerrada entre un puñado de notables, que es el modo como se ha construido la Unión Europea. En los primeros tiempos, cuando los peatones no tenían ni idea de qué iba aquello, los tratados europeos aparecían una mañana en el boletín oficial ante la indiferencia del público. Luego, cuando eso que llamamos la conciencia europea fue creciendo por mor del mayor poder de las instituciones comunitarias y del dinero que manaba de Bruselas, la opinión pública estaba al acecho y los acuerdos se anunciaban en el último minuto para aumentar el suspense sobre lo conseguido. y masajear de paso la vanidad de los negociadores, que surgían con los ojos enrojecidos de una sala de reunión en la que destellaban los botellines vacíos de agua mineral. Europa se había colado en la política doméstica y algunos gobiernos convocaban después referendos para ratificar tal o cual acuerdo, sin consecuencias apreciables cualquiera que fuese el resultado. Ahora, cuando hemos advertido que un euro no vale lo mismo según en qué bolsillo esté, el referéndum ha irrumpido en el tempo de las negociaciones, que ni siquiera tienen una sede ni un procedimiento reconocibles, por no hablar de los propios términos de la negociación y de las mareantes cifras de deuda con las que agraden el entendimiento del común. Varoufakis no se ha bajado de la moto, Rajoy no ha salido de la pantalla de plasma, Lagarde va a un desfile de alta costura y Merkel mantiene impertérrita su consabido trajecito de chaqueta. En este escenario virtual, ¿por qué no llevar la plaza Syntagma a Berlín? No es un referéndum, es un evento.
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