¿Cómo es posible que los alemanes, que han provocado en los últimos cien años dos guerras en las que martirizaron a los pueblos de Europa y perdieron las dos, estén ahora dictando las pensiones, los salarios, becas y subsidios de los mismos a los que machacaron hace setenta años? Esta desasosegante pregunta que nos hacemos todos los paletos al sur de los Pirineos y los Alpes tiene para los propios alemanes una respuesta obvia: la predestinación, un artilugio existencial según el cual las almas son destinadas antes de la cuna al paraíso o al infierno y, para que no haya duda sobre lo que corresponde a cada cual, el destino las colma en vida de fortuna o de penurias, respectivamente. Esta ocurrencia calvinista es ininteligible en el Mediterráneo, donde somos más de tentar la suerte y del buen rollo. Nuestro curas y popes nos enseñan que se puede alcanzar el paraíso en el último minuto y desde las posiciones más comprometidas mediante un cambalache que haga creer que estamos arrepentidos y aceptamos la penitencia, aunque en nuestro fuero interno sabemos que, si salimos de esta, volveremos a las andadas. Este debió ser el mecanismo mental que accionó ayer la presunta aceptación de Alexis Tsipras de las condiciones europeas (es decir, alemanas) para reiterar de inmediato la convocatoria del referéndum. En ocasiones anteriores, los alemanes cabalgaban tanques panzer y ahora van en silla de ruedas pero su determinación es la misma y también su estupor ante las añagazas del adversario. Grecia ganará esta partida, no en la mesa de la economía sino por muy convincentes razones geoestratégicas que ni siquiera los alemanes pueden alterar, pero sería suicida minusvalorar hasta dónde puede llevar a éstos la fe en sus propias razones.