Europa va a entrar en el quirófano y no sabemos si saldrá con su extremidad sudoriental amputada. Por ahora, las oficinas de Bruselas y Francfurt parecen un alocado servicio de urgencia hospitalaria como el de la película de Robert Altman en el que nadie sabe si hay que echar mano del bisturí o poner una cataplasma. Ya veremos sobre la marcha. No hay un diagnóstico inequívoco. No sabemos si Grecia es la cuna de la democracia, título que pretende ratificar ahora con un referéndum (ya ven qué oportunos), o una patulea de  gorrones que quieren birlar la cartera a los jubilados alemanes. Tampoco sabemos hasta dónde llega su sistema nervioso y vascular. Sí, claro, Grecia es un país lleno de griegos, como diría el íluminado Rajoy, pero nadie sabe a ciencia cierta si la afección que padece no alcanzará también a España, Portugal, Italia o Irlanda o a toda la Unión Europea. De repente, sin saber cómo, sube la prima de riesgo, que es la medida de la codicia de los especuladores, como sube la temperatura bajo el sobaco, y ya somos griegos. Una cosa es segura en todo caso, a España nadie la confundirá con la cuna de la democracia. Aquí ya cambiamos la Constitución con nocturnidad y el gobierno aplica todos los electroshocks que sean necesarios para quitarnos de la cabeza la idea de que no somos pobres. Claro que también aplicaron la terapia a los griegos y ya ven. De momento, la buena noticia es que el dinero privado ha escapado por la red del alcantarillado financiero, y el dinero público está encerrado en un corralito para no provocar pánico. Si se van las ratas, es de prever que se lleven la peste, aunque dejen tras de sí al pueblo exangüe en las escalinatas del ágora.  Pero -me sopla el centauro Quirón-, siempre quedarán los rateros.