¿Puede alguien imaginar la cantidad de literatura a que dio origen el concepto de clase social? La práctica totalidad de la actividad intelectual de los politólogos, profesionales y aficionados, de los últimos cien años estuvo dedicada a aclarar qué era la clase, cómo se comportaba, cuántas clases había, quién formaba parte de ellas o estaba en sus márgenes, como se convertía la clase en agente político, a qué intereses servía, de qué instrumentos debía valerse, y, el desiderátum, qué hacer para que la clase alcanzase la hegemonía en el cotarro político. Pues bien, se acabaron los dolores de cabeza. Ya no hay clases; ahora todos somos gente. Como hallazgo conceptual, este término tiene la ventaja sobre su predecesor de que es más intuitivo, como exigen ahora a las webs para facilitar la navegación de los usuarios. Y socialmente es, desde luego, más inclusivo. No es necesario aprender ningún catecismo ni adoptar ninguna pose para ser gente. Antaño, muchos obreros no pertenecían, objetivamente, a la clase obrera porque sus creencias o sus actitudes lo hacían imposible, y lo mismo ocurría con los burgueses y aristócratas expulsados de sus entornos sociales, en resumen, desclasados. De manera que las clases eran un material ideológico que presentaba muchas rigideces, astillamientos y puntos de fractura que, por último, lo hacían inoperante para los fines para los que había sido diseñado. Ahí tienen, por ejemplo, a Izquierda Unida con su menguado 10% del voto, lo que podría querer decir que hay un 90% de ovejas negras desclasadas que se encuentran mucho más cómodos sintiéndose gente, que es como vestir con bermudas y chanclas todo el año. Esta holgura de la noción de gente cruje cuando hay que definir al antagonista. Infortunadamente, las cosas no han cambiado tanto que podamos prescindir de la dialéctica hegeliana. Si la gente es la tesis, la antítesis es… la casta. Pero nadie quiere identificarse como miembro de este club. Vale que los banqueros, los ministros, los políticos de la puerta giratoria y los obispos lo sean de oficio, como ha sido siempre, pero, ¿y el concejal de pueblo que tiene una parcelita casualmente revalorizada por la traída de aguas?, ¿y el funcionario que dilata el café de media mañana a un par de horas?, ¿y el artista que ha conseguido montar la primera exposición de su obra con ayuda de la diputación? ¿Qué ocurrirá cuando la alcaldesa que se ha bajado el sueldo se encuentre con que todos los funcionarios de la institución cobran más que ella? He aquí una partícula de gente rodeada de casta por todas partes, y nada menos que en la sede de la voluntad popular.