Las banderas aún conservan su prestigio para nuestro cerebro reptiliano. En una sociedad en la que el individuo debe responder a infinidad de estímulos contradictorios y racionalizar procesos de una complejidad inimaginable para sobrevivir cada día, las banderas, esos trapos de colores elementales, mantienen intacta su calidad como señuelos de un inapelable código binario que arropa a los nuestros y expulsa a los otros. Para un político, la bandera es un hecho instrumental y hará suya la que considere que pueda concitar mayor adhesión en el público expectante. Así han debido discurrir el líder del PSOE y sus asesores de imagen para convertir la bandera constitucional en bandera de partido para la presentación de su inapelable candidato a las elecciones generales. El riesgo de esta apuesta está, no solo en la suma de adhesiones y rechazos que este gesto concite sino en que la bandera misma conserve en el futuro el exultante significado que se la ha querido dar en la pista del teatro-circo Price. Después de todo, es la misma bandera bajo la que un gobierno anterior, del mismo partido que ahora la hace ostentosamente suya, cambió la Constitución de la noche a la mañana tras recibir una amenazadora llamada de un grupo de banqueros. Así que, ardor guerrero, poco. Sin embargo, los asesores de imagen sabían lo que hacían: la sorpresa de la rojigualda y el runrún consiguiente ha permitido que pasara de rondón la insoportable vacuidad del discurso del líder.