Es sabido que la memoria y la historia son vías distintas, cuando no contradictorias, de recuperación del pasado. La historia es una reconstrucción virtual de los hechos a partir de pruebas documentales de valor universal, contrastadas de acuerdo con un método científico. La historia no siempre puede contar toda la verdad por falta de pruebas suficientes, pero lo que cuenta debe ser solo la verdad para ser considerada historia. La memoria, por el contrario, es una adaptación de los hechos pretéritos al estado de conciencia y a las expectativas de quien la ejerce. Es un relato que incurre en olvidos, lapsos y tergiversaciones con el único fin de no lastimar más allá de lo soportable a quien lo recita. Nadie memoriza hasta arrancarse la piel a tiras. Nadie recuerda para condenarse a sí mismo y no es casualidad que un antiguo terrorista haya titulado el recuento de su pasado como Lo difícil es perdonarse a uno mismo (Editorial Península, 2015). Por eso, el término memoria histórica no es a menudo sino un oxímoron.

Estas premisas alimentan el escepticismo sobre el valor de la voluntariosa iniciativa del gobierno vasco para que los ciudadanos envíen a través de su dispositivo móvil un breve vídeo con el testimonio de su experiencia en algún momento de los años de vigencia del terrorismo. La iniciativa va a ocasionar un mosaico de emoticonos para alguna futura exposición audiovisual y, en el mejor de los casos, proporcionará cierto material bruto para historiadores profesionales, pero también corre el riesgo de nublar la realidad. La sociedad vive un periodo de amnesia impulsada por la necesidad psicológica de alejar lo más posible un pasado atroz y estéril y no se entiende por qué quienes callaron entonces habrían de sentir la necesidad de hablar ahora. Los que apoyaron en silencio el terror porque no querrán pasar por canallas y los que callaron por miedo porque nadie quiere fungir de cobarde. En cuanto a los indiferentes, ¿qué razón habría para salir de su indiferencia? Uno de los cargos públicos promotores de esta iniciativa oficial fue en los noventa el portavoz de una “coordinadora popular” dirigida a torcer el brazo de las instituciones democráticas en el trazado de la autovía que comunica Gipuzkoa y Navarra con el apoyo de la banda terrorista y la colaboración de la entonces naciente kale borroka, que sembraron las obras de atentados con bomba y de amenazas a las constructoras. Cada vez que veo la cara de este cargo público revivo la ansiedad de aquella época de confusión, amenazas, miedo y corrupción, ¿es grave, doctor?, ¿cree que podría explicarlo en un emoticono?