La formación emergente Podemos tiene un doble problema en este lugar donde escribo. En primer término, no ha conseguido votos suficientes para ser algo más que un compañero de viaje, y, segundo, carece de liderazgo acreditado para lidiar en una correlación de fuerzas que ha resultado muy complicada. Remitir a ulteriores decisiones asamblearias lo que ya debía estar resuelto -bases políticas para los pactos, líneas programáticas básicas, prioridades y hoja de ruta, etcétera- no es signo de mayor democracia sino de indigencia ideológica e imprevisión estratégica. Aquí, la verdadera fuerza vencedora del deseo de cambio que sin duda alienta en la sociedad ha sido la que durante más de treinta años de democracia ha tenido como principal función en el tablero público, apoyar, legitimar, excusar y, en el mejor de los casos, no condenar las acciones criminales de una banda terrorista en nombre de un proyecto nacionalista totalitario. Es posible que ahora estén camino de Damasco y se esté abriendo paso en sus filas un discurso revisionista sobre la violencia terrorista y sobre la democracia pero no conviene entusiasmarse con esta hipótesis. El tablero político está tan fragmentado que todas las fuerzas examinan de reojo el peso específico de contrincantes y aliados y, así, nuestros carlistas-leninistas ven a Podemos como una oenegé y a su otro socio, como una plataforma pasajera a la que ya le quebraron el espinazo de una ocasión anterior, cuando dieron al traste con el artilugio Nafarroa Bai. En este contexto, Pablo Iglesias ha perdido una ocasión de oro para morderse la lengua y mostrarse justo y prudente no solo ante el dolor de las víctimas del terrorismo sino sobre los hechos de la realidad que nos conciernen a todos. Los “soviets” agitados por Esperanza Aguirre en Madrid pueden ser una fantasía delirante pero la sangre de un concejal inerme asesinado en las calles de esta ciudad, no.