Abres el periódico o te conectas a Internet y recibes una hostia o eres objeto de una burla. Cuando no es un corrupto que se ha llevado el dinero de tu pensión o de la educación de tus hijos, es un experto del FMI o del Banco de España quien asegura que hay que rebajarte el sueldo, echarte a la calle sin indemnización o subirte los impuestos por los yogures o los paquetes de pasta que consumes. Entre guantazos y peinetas, la torrentera informativa arrastra noticias del hambre infantil, cierre de empresas, desahucios de viviendas, enfermos sin atención y la consabida ración de fútbol que ahora también muestra su lado más purulento: directivos corruptos, futbolistas endiosados e hinchadas encabronadas. Los medios de comunicación se han convertido en una picana eléctrica. La pregunta es hasta cuándo se puede resistir la tortura porque tanto expertos como corruptos, es decir, teóricos y prácticos de la economía política vigente, parecen muy seguros de sí mismos al otro lado de la pantalla de plasma y para nada dispuestos a aflojar en sus propósitos. Cada día aprietan un poco más las clavijas, un modismo coloquial que ya se utilizaba en la Inquisición para designar la graduación mediante un tornillo del aplastamiento de las extremidades de los procesados. Desde entonces, no hemos dejado de estar sometidos al mismo procedimiento. Los inquisidores de ayer y de hoy tienen la misma misión: reinsertar a los réprobos y desviados en la verdad revelada a costa de quitarles la vida. Para el que está atado al potro de la televisión, la virtud es un ejercicio de suma cero: a más fe en lo que predican los prebostes, menos esperanza sobre el propio futuro.