El sindicato de los diplomáticos (sí, señor, los diplomáticos también tienen una asociación que defiende sus intereses corporativos) ha protestado por el nombramiento del ex ministro Wert como embajador de la OCDE , lo que quiera que designe ese acrónimo, donde disfrutará de un suntuoso retiro en París en compañía de su esposa, alta funcionaria del mismo acrónimo. Que el gobierno de Rajoy haya conseguido tener enfrente hasta la venerable corporación del servicio exterior da noticia de las dificultades que le esperan en las elecciones. Y luego se quejan de que nadie quiere pactar con ellos. Wert ofició de provocador durante su paso por el gobierno; consiguió con gran éxito hacer enemigos en todas las áreas de su competencia y es autor de una ley troncal que, con toda seguridad, derogará el próximo gobierno, cualquiera que sea. Ahora, también ha conseguido enemistarse con los funcionarios de un área que le es ajena y en la que ha entrado con la ostentosa desenvoltura característica de toda su acción política. Mientras el equipo económico del ejecutivo de Rajoy se enfrascaba en incumplir a hurtadillas pero minuciosamente el programa electoral que los llevó al gobierno  –hasta el punto de convencer a finos analistas de que también eran socialdemócratas-, Wert y su compañero de gabinete, Ruiz Gallardón, llevaron hasta el límite sus proyectos legislativos para satisfacer las querencias de la robusta extrema derecha (o, como se dice ahora, derecha más extrema) alojada en su caladero de votantes. El resultado es que los socialdemócratas encubiertos siguen en el gobierno y estos derechistas contumaces están fuera, quizás por exceso de celo. En este tránsito, ¿qué hacer con uno de los nuestros, un goodfella en el original? Si algo caracteriza a un partido constitucionalista como el PP es la lealtad con los de la banda, que jamás son abandonados a su suerte en el campo de batalla. A este fin, el gobierno ha convertido la constelación de instituciones públicas de la administración, la cárcel incluida, en una densa red de asistencia donde los caídos pueden recibir desde un plato de sopa hasta un despacho con secretaria y chófer, según sea el mérito de los servicios prestados. Días antes de que Wert se mudase a París, vimos entrar en el Senado a un espeso ramillete de miembros de la familia de Levante que acababan de ser desahuciados en las urnas. El repetido símil del cementerio de elefantes para calificar la función de estas instituciones subalternas es infamante para los difuntos, aunque sean elefantes, porque quienes terminan varados en las poltronas están y son vivos, al menos en las acepciones 1ª y 6ª del diccionario de la RAE. Wise guys en el original.