Muy escaso de banquillo tiene que estar el PP en Cataluña, obligado a escarbar en la bodega donde se crían los ejemplares más genuinos y las esencias más prístinas para encontrar en un xenófobo confeso a la figura que los represente. Sin complejos, para decirlo en una frase muy frecuentada por la derecha. Claro que también puede ser una decisión no debida a la necesidad sino al cálculo. Los nacionalismos oscilan entre dos estados de ánimo. Cuando son minoritarios se muestran aquejados de melancolía y sentimiento de pérdida, pero, en cuanto adquieren peso y fuerza, cargan contra la minoría con la que conviven y a la que consideran ajena y culpable de sus males. Es evidente que el nacionalismo español es minoritario en Cataluña, donde no podría en ningún caso plantar una bandera rojigualda del abusivo tamaño de la que erigió en la plaza de Colón de Madrid, así que ese camino tiene poco recorrido. Pero, ¿y si buscamos una vía alternativa? Vamos a ver, la culpa de los males que aquejan a Cataluña no la tienen ni Rajoy ni el gobierno español, ni mucho menos los Pujol, Mas, etcétera, sino los inmigrantes: rumanos, magrebíes, pakistaníes y todos los raritos que usted quiera añadir a la lista. Bueno, hay que reconocer que en esa propuesta hay una base para un acuerdo amplio. La biografía política del nuevo líder anota el hecho de que sus desplantes xenófobos han convivido con una gestión municipal atenta a las necesidades de los vecinos y de respetuoso acatamiento a la legalidad catalana, incluida la inmersión lingüística, contra la que nunca se ha manifestado a pesar de ser uno de los banderines de enganche del españolismo en esa comunidad. Dos rasgos podrían explicar la coherencia de la elección de este candidato. De una parte, es un medio xarnego integrado que con toda seguridad no quiere ser un pied noir en su propia tierra, sea esta Cataluña o España, un sentimiento muy abundante en la población que votará en las elecciones plebiscitarias de septiembre. Y segundo, este ex alcalde de Badalona ha sido beneficiario del desplome de la izquierda, que había gobernado tradicionalmente esta ciudad de población obrera e inmigrante. La Cataluña de los últimos cuarenta años es fruto de un acuerdo entre la burguesía catalanista y las fuerzas autonomistas de izquierda. El resultado de este acuerdo es el actual Estatut. Pero si las clases medias catalanistas han roto la baraja y la izquierda está fragmentada y sin rumbo, ¿por qué no habría de ser posible un nuevo acuerdo de las derechas catalana y española al precio de un poco de demagogia xenófoba? Con el concurso de Ciutadans, por supuesto
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