A mi amigo Julio García, paseante de Madrid.
Nuestra relación con la ciudad es ambigua. Nos inquieta la certeza de que nos sobrevivirá porque su inmortalidad nos convierte en fantasmas de sus calles y plazas, inquilinos transitorios de sus edificios, usuarios fugaces de establecimientos y servicios. Pero, a la vez, nos espanta cada mutación que registra el laberinto urbano porque se lleva consigo fragmentos irrepetibles de nuestra memoria y nos acerca a nuestra propia muerte. El declive senil también lo marcan las excavadoras. Hace diez meses cerró la librería El Parnasillo de mi ciudad, que cuya creación fui testigo cuatro y pico décadas atrás, y todavía no puedo pasar por la acera que ocupaba sin sentir algo parecido a una amputación para la que ningún otro establecimiento alternativo del ramo servirá de prótesis. Ayer cerró abruptamente el café Comercial de Madrid, que fue innumerables veces dársena de nuestro vagabundeo. Eran años juveniles de agitación, penuria y desconcierto, y de expectativas desmentidas cada mañana por la realidad, así que la memoria no guarda ningún recuerdo relevante de aquellas horas. Citas premiosas, charlas dispersas, proyectos desvanecidos. Una vez cambié una sonrisa accidental con la actriz Julieta Serrano, que ocupaba la mesa de al lado y que en aquellos días venía de interpretar Las criadas de Genet con Nuria Espert. Otra tarde, en los albores de la Transición, me asombró a la puerta del café Lola Gaos, cuya enjuta arquitectura cubría un aparatoso y caro abrigo de pieles salpicado de pegatinas de la hoz y el martillo, rodeada de revolucionarios. Otras veces tocaba escuchar las peroratas azogadas e interminables de nuestro amigo Juan Gómez Saavedra, un talento malbaratado, como Max Estrella, al que tanto admirábamos entonces. El Comercial daba cobijo y sentido a aquellas naderías que, sin embargo, eran nuestro único patrimonio existencial. Parte de lo que fuimos entonces lo fuimos acodados en sus mesas ante una caña de cerveza. Más tarde no volví a frecuentar el café y aquella época quedó encerrada en un frágil alvéolo de la memoria delimitado por los amplios ventanales que dan a la glorieta de Bilbao. Hoy, los ventanales están tapiados y la impalpable atmósfera que guarda estos recuerdos será pronto invadida por piquetas y taladros que condenarán al olvido aquello que esperanzadamente fuimos.