Todo lo que le ha ocurrido a lord Sewel tiene ese tufillo  que hace tan característica y adorable a la clase alta británica y tan hipócrita el sistema de valores de nuestra sociedad mediática. El viejito estaba haciendo realidad los sueños de su remota juventud, de los que le habían separado largos años de servicios a la Corona. Un lord ataviado con lencería femenina y aderezos de esclavo sadomasoquista es casi un tópico del folclore británico. Que además esnifara cocaína es un signo de los tiempos. ¿De qué creen ustedes que vive el Chapo Guzmán y demás socios titulares de la industria más pujante del mundo? Y, con el subidón, se estaba dando el gustazo de poner a parir a todos sus colegas de la clase política ante un público cautivo y entusiasta. Bueno, a los sesenta y nueve tacos es imposible imaginar juerga mayor, riesgo de infarto incluido. Al final, el lord ha sido víctima de otro agente inesperado de este tiempo: la transparencia, que tiene la cualidad de abolir las distancias espaciales y temporales que establecemos entre nuestras diversas vidas. Un lord vive de la industria del espectáculo. Sin duda, el barón Sewel esperaba terminar su carrera cómodamente encasillado en el teatro ceremonial, en su tedioso papel de siempre, y de repente se ha visto de protagonista en una comedia loca. Pero, ¿no era una representación privada? En fin, los cargos en la Cámara de los Lores son vitalicios ¿y qué cosas no pasan a lo largo de una vida? Lo escandaloso es que esa existencia tan amena y variada la subsidie el erario público o, como se dice ahora, el dinero de todos. Lo derecho sería abolir la Casa de los Lores, ya vistan picardías o se cubran con una peluca de crin, y de paso a nuestro Senado, el patio de recreo del aforado Monago y quién sabe de qué otros. En cuanto a lord Sewel puede consolarse pensando que también en bragas ha prestado un último servicio al pueblo, aliviando durante un ratito el aburrimiento de moralistas, rijosos, semióticos y, en general, clientes de pub.