Leo en el periódico decano del lugar donde vivo que el gobierno regional se ha rebajado el sueldo un tercio, lo que es una medida de racionalidad política y financiera. Es posible que pretendan venderlo al público como un gesto sacrificial que habría de ser recompensado en las urnas pero no es más que una providencia de justicia distributiva. Los gobernantes han devaluado el país y es congruente que se devalúen a sí mismos en igual proporción. En último extremo, el sueldo resultante es bastante superior al de un funcionario de nivel A o al de un autónomo bien instalado, que es el segmento social del que proceden todos sus miembros. Entretanto, la derecha aventada de las poltronas no encuentra modo de salir del desconsuelo. Desahuciados de la casa que construyeron a su medida y en la que han habitado con comodidad treinta y pico años, no hay plataforma de perroflautas que los apoye (es más, los perroflautas están con los nuevos inquilinos, aún no se sabe si de huéspedes gorrones o como personal de servicio). La amargura y el desconcierto por este vuelco de la fortuna impide a los desalojados, incluso, reconocer las buenas cartas que aún conservan: son el grupo político más votado y han creado un entramado institucional que le será muy difícil desmontar al gobierno entrante a pesar de sus ganas. Sí, vale, todo eso está muy bien, pero ¿quién atiende ahora a la tropa de paniaguados que constituían la leal y hasta ayer robusta pirámide clientelar que hizo posible la gobernanza? Un plumilla afecto a los perdedores reprocha en el periódico a los del nuevo gobierno no haber vivido tan mal bajo el gobierno anterior, pero deja sin formular la pregunta consecuente: entonces, ¿por qué los han echado? Bien, una respuesta simple podría ser: para crear su propia red clientelar; a la postre, en todas las familias hay necesidades. Pero la amargura de la derecha tiene una raíz más profunda, tanto que afecta a la misma identidad de su proyecto. Toda su acción política desde el origen del régimen democrático y durante más de tres décadas ha estado dirigida a mantener fuera del gobierno, y si fuera posible fuera del territorio, a los que ahora los han echado. La debilidad electoral de estos, unas veces, y otras, su propia deliberación política (ausentándose voluntariamente de las instituciones), a lo que hay que sumar, y no como factor menor, el acoso del terrorismo, ayudaron a este designio hasta ahora mismo, en que una perversa combinación de crisis económica y desgaste del sistema político ha provocado el vuelco. En los años ochenta del pasado siglo tuve oportunidad de conocer bien a uno de los prebostes fundadores del partido ahora desalojado del poder. Era un hombre muy religioso y, quizás por eso, propenso a hablar mediante parábolas, y un día tuvo a bien ilustrarme sobre el proyecto de su partido después de que firmaran un acuerdo institucional con los socialistas locales. “Mire usted, Bear, el gobierno de aquí es como ir en un asno, ahora son los socialistas los que van montados y nosotros tiramos del ronzal y luego será al revés, nosotros montaremos y ellos tirarán, lo que no podemos es montar los dos a la vez porque le partiríamos el espinazo al borrico”. Lo que nunca pudieron sospechar este buen hombre y sus correligionarios es que un día los que estaban en la cuneta viendo pasar la comitiva se harían con la montura. Por cierto, que esta teoría del bipartidismo en burro ha convertido a los socialistas locales en una fuerza irrelevante.
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