El número 3 es muy frecuente en los juegos teatrales, ya sean dramas o comedias o una mezcla de ambas. El número impar rompe el cerrojo ensimismado del dúo, triangula el universo visible y de alguna manera ofrece una perspectiva abierta de la humanidad, como si tres fueran multitud. Tres en los tríos amorosos y tres en los relatos de aventuras. Y para no estrujar demasiado las meninges, quedémonos con el trío más famoso: los tres mosqueteros.
De esta guisa se han dirigido en Moscú los embajadores de Reino Unido, Francia y Alemania –uno para todos y todos para uno- para negociar con Putin un alto el fuego en Ucrania. ¿Con qué autoridad? Es verdad que dos del trío tienen una modesta potencia nuclear, modesta en relación con la que se está jugando, pero tampoco es creíble que una misión diplomática vaya a la mesa de negociaciones con una bomba debajo del brazo. ¿Qué cartas tienen para sentarse a la partida?, como diría Trump, el dueño del garito.
Los tres mosqueteros representan a los viejos imperios europeos que se despedazaron entre sí en la primera mitad del siglo pasado y como consecuencia se desvanecieron para la historia, así que la misión que les lleva a Moscú parece un anacronismo, no por el objetivo sino por los participantes. De añadidura, los gobiernos a los que pertenecen están en una situación agónica, asediados por fuerzas crecientes de extrema derecha que estarían encantadas de que Putin se tragara a Ucrania y no se hable más del asunto. Uniformes desgarrados, plumas aplastadas, mosquetes embotados y espadas herrumbrosas; más parece una rendición que otra cosa. En la capital rusa los ha recibido un cargo de segundo orden, un viceministro, ni siquiera el ministro ruso de la cosa.
Los poderes que exhiben los mosqueteros irritan a su interlocutor. El dinero de las cuentas rusas incautado en Europa deberá servir para sufragar los destrozos causados por los ataques a Ucrania antes de devolver el remanente a sus propietarios y Ucrania deberá obtener garantías jurídicas de seguridad, lo que implica la presencia de tropas internacionales, léase europeas, para hacerla valer. En resumen, los tres mosqueteros, con todos sus andrajos militares, hablan como si la paz se hubiera conseguido y Rusia, vencida, tuviera que pagar los platos rotos. Putin prefiere el plan de su cuate Trump: reparto de zonas de influencia sin tiquismiquis leguleyos y a gozar del botín de cada parte en amistad y buena compaña. La mala noticia es que Trump no atraviesa por su mejor momento y la situación bélica de Putin no da para tocar castañuelas. Es el momento, han debido pensar los tres mosqueteros en busca del modo de entrar en liza.
La indigencia europea no exculpa a Putin y su guerra, que además de cruel e ilegal, es antipática y anacrónica. Estamos en otro tiempo y no debe ser casualidad que sobre el terreno ganen los drones y pierdan los tanques. Los drones hacen filigranas y los tanques aplastan lo que encuentran en su camino. Los drones no hacen mejores a los ucranianos pero los tanques tampoco justifican a los rusos. Putin siente, con buenas razones, que libra una guerra existencial para su país, pero debe entender que también es existencial para sus vecinos el sentimiento de la amenaza rusa. El desarme debe ser recíproco, y antes en el ánimo de los negociadores que en los silos de misiles. Quizá ayudaría que los tres mosqueteros garantizasen a Rusia que Ucrania nunca pertenecerá a una organización militar –léase otan- que puede entenderse como un peligro para Rusia. Pero es una garantía que difícilmente pueden ofrecer los mosqueteros porque la otan no está bajo su mando y nunca se sabe quién y cómo puede activarse. Hasta ahora esta organización ha sido utilizada en objetivos lejanos del fin para el que fue creada, en guerras exteriores (Afganistán, Iraq) o interiores y manifiestamente ilegales (guerra de los Balcanes), así que se entiende la cautela rusa.
La mejor baza con que cuenta Putin en Europa es el desconcierto que reina en sus lares. La iniciativa de los tres mosqueteros ha sido protestada por Polonia, el país llamado a convertirse en frente de guerra si las cosas empeoran. A su turno, Meloni ha criticado la iniciativa mosqueteril reclamando una voz única y autorizada en Europa para negociar sobre Ucrania. La declaración es una crítica ni siquiera velada a la acción exterior de la unioneuropea, que hoy representa la trémula Kaja Kallas, miembro de un país, Estonia, donde se anuncia que ya ha empezado la guerra.
En los años en que Europa se despedazaba a sí misma, Italia, el país de Meloni tuvo la virtud de empezar la guerra en un bando, vencedor en aquel momento, y acabarla en otro, vencedor por último. Ahora tiene el mismo dilema: quiere acabar con la unioneuropea en nombre de la prioridad nacional pero pide unidad porque no quiere que algunos vecinos la arrastren a una guerra indeseada. Si Starmer, Merz y Macron se creen Athos, Portos y Aramis, Giogia Meloni es Milady, pero a D’Artagnan no se le ve por ninguna parte.